LA CASA DEL ÁRBOL

Autor: Pitzorno, Bianca
Fuente: Anaya

   Aglaia y Blanca son dos chicas cansadas de vivir en la ciudad y que deciden habitar en una encina de un prado. Construyen una plataforma a media altura a que se puede acceder por medio de una escalera interior de caracol o mediante peldaños por la parte exterior. Propiamente su casa no tiene paredes sino ramas y hojas que permiten la mayor o menor entrada del sol. Un día, Aglaia descubre una cuerda con nudos en la parte superior; siguiéndola hacia arriba llega a una vivienda con todo tipo de carteles prohibitivos para visitantes. Con horror descubre que hay un habitante llamado Becaris Brulo, un anciano de un carácter insoportable. Tras un tira y afloja en las negociaciones llegan a considerarse copropietarios del árbol que ya ha perdido su identidad: las chicas con el fin de obtener diversos productos vegetales para su alimentación han ido haciendo injertos en diversas ramas y el árbol produce una variada muestra de frutas. Un día, varias bandadas de cigüeñas sobrevuelan el árbol; Becaris, en venganza por haberle manchado con excrementos el tejado de su cabaña dispara a varias de ellas, cayendo cuatro sobre diversas ramas del árbol. Afortunadamente sus heridas son leves, pero cada una de ellas lleva un niño, tras una dura negociación, los niños se quedan en el árbol y es preciso buscar un animal que los amamante. Una perra se incorpora a la comunidad. Ya hay un gato, un perro y una perra... Cuando llega el momento en el que los niños deben comenzar a hablar, lo que han aprendido son ladrillos y maullidos; Aglaia y Blanca se tienen que dedicar a darles unas sesiones urgentes de lenguaje humano, tanto que la perra lo acaba aprendiendo. Diversas historias siguen unas a otras hasta que un día unos leñadores van talando los árboles más cercanos. Al llegar a estos ligeros contratiempos los detienen, hasta que se desarrolla una auténtica batalla campal entre la multitud de pobladores del árbol y los leñadores que acaban huyendo despavoridos y desconcertados.

    Indudablemente, la redacción de este libro es un auténtico ejercicio de imaginación que hace descubrir una nueva sorpresa en cada capítulo. Aunque en la contraportada recomienda su lectura a partir de los diez años, puede hacerse desde los ocho.

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