EL CONDE DE MONTECRISTO

Autor: Dumas, Alejandro
Fuente: Anaya

         El relato tiene un fondo real, cuando menos posible si son ciertas las memorias a las que tuvo acceso Alexandre Dumas. En cualquier caso es una obra estelar del siglo XIX en Francia. Ambientada entre 1814 y décadas sucesivas, recoge la historia de un marino con brillante porvenir, Edmundo Dantès, que acaba de llegar a Marsella y por celos y envidia es acusado de bonapartista por un magistrado, Villefort ansioso de borrar el pasado de su propio padre, jacobino destacado. Para borrar ese pasado y lograr una boda ventajosa, Villefort envía a Edmond al astillo de If, presidio de alta seguridad, en donde Edmundo se pasará 14 años. Allí pasa de la desesperación al deseo de venganza. Su conocimiento del vecino de celda, Faria, Dantès empieza a preparar la fuga. Él y Faria trabajan muchas horas en un túnel de escape, pero el viejo y enfermizo Faria fallece antes de escapar. Sabiéndose moribundo, Faria le confía a Dantès el escondite de un gran tesoro en la isla de Montecristo. Dantès se escapa mediante el recurso de ocupar el lugar del cuerpo del fallecido Faria. Es lanzado al mar para hundirse, pero puede romper la tela que le cubre y escapar. Dantès pasa meses entre contrabandistas, recupera el tesoro y aparece como el conde de Montecristo. Su estancia en la cárcel le ha cambiado físicamente tanto que nadie le reconoce. Posee además una fuente de riqueza casi inagotable. Sin embargo, el mayor cambio es psicológico; de ser un joven idealista se ha convertido en un hombre sombrío, obsesionado con sus planes de hacer pagar tanto a los que le han hecho bien y a los que le han hecho mal. Va urdiendo cuidadosamente su venganza, pero llega el momento de su redención. Por un lado, se da cuenta que aplicar su supuesta justicia suplantando a Dios, crea más problemas de los que resuelve. Por otro, ve como uno de sus amigos se enamora de una persona del entorno de uno de sus enemigos. Dantès se cuestione su papel como agente de la venganza. Viendo que su ira se extiende más allá de lo que él pretendía, cancela el resto de su plan y toma medidas para equilibrar las cosas. Aunque la venganza sobre sus enemigos no está completa del todo, deja en libertad a su enemigo final e indemniza a los que quedaron envueltos en el caos resultante, aplicándose así también sus propios criterios de justicia. En el proceso, se conforma con su propia humanidad y es capaz de encontrar cierto perdón para sus enemigos y para sí mismo. Vale la pena, pero requiere paciencia y tiempo.

 

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