¿Y SI DIOS EXISTE?

Autor: Pablo Cabellos
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Arvo suplemento

La pregunta sobre Dios.

 

No me importaría ser ligeramente pro­vocador y hasta un poco incorrecto políti­camente que, muchas veces, es la mejor manera de ser correcto. Comenzaría con una anécdota relativamente lejana en el tiempo. Surgió la posibilidad de que PabloVIfuera a Santiago de Compostela. El cardenal se dirigió a un alto gobernante -también gallego- para sugerirle arreglar el aeropuerto de Santiago. El dirigente, refiriéndose a esa presunta visita, y para eludir el gasto, respondió: «¿Y si no viene?». A lo que el cardenal replicó: «¿Y si viene?» Parece que se hizo la mejora propuesta.

Algo así, pero nada menos que infini­tamente más, es la pregunta sobre Dios: ¿Y si existe? Porque nada es igual si se afir­ma o niega esa existencia. Aparentemen­te, queda al margen la actitud agnóstica que lo pone entre paréntesis, sin entrar a decir si hay Dios o no. Sin embargo, el in­terrogante vital continúa igualmente sin resolver, y con él queda irresoluto el pro­blema del hombre, su origen y su destino.

No es igual para cada persona, ni para la sociedad entera, que haya Dios o no. Por eso, a mi modo de ver, se juega con una trampa gravísima al pretender edi­ficar las vidas de las personas y las socie­dades como si Dios no existiese, e incluso contra Dios -eso es el laicismo- porque, vuelvo a la carga, si existe, todo es distinto.

Laicismo y relativismo se dan la ma­no: vale todo con tal de que sea una demanda social, real o virtual, que con­venga por las encuestas, que lo apruebe el gobierno de turno o sencillamente que se viva en el permisivismo. Vieja táctica de esconder la cabeza bajo el ala, que es un camino a ninguna parte. Si no hay ver­dades absolutas, todo es inconsistente.

Ancha es Castilla

La famosa frase de Dostoievski de­clarando que, si Dios no existe, vale todo, todo está permitido, encierra una terrible realidad destructiva. La afirmación de Dios y de la verdad, por el contrario, va por otro lado: al contar con la realidad de la creación, mantiene que el hombre posee unas leyes de fabricación y uso, como las tiene el universo entero; y vul­nerarlas es atentar contra la naturaleza humana. Así, por más que se diga que el aborto sólo afecta al que lo busca, y el di­vorcio al que lo pide, y el matrimonio ho­mosexual al que lo contrae, no es cierto.

Cuando la ley natural es maltratada, se daña a todos, del mismo modo que cuando hay corrupción económica -la limpieza en este campo también es ley natural- nos concierne a todos, y cuando hay adopciones poco naturales se afecta a los niños y a La sociedad entera que, de algún modo, forma un organismo solidario e indivisible. Eso debían saberlo muy bien quienes proclaman la solida­ridad, y parecen estar muy de acuerdo con la Iglesia al referirse a la hipoteca social de la propiedad privada, porque no somos versos sueltos en ningún sentido.

La famosa definición del hombre como animal social es algo más que una mera yuxtaposición de unos con otros o un agre­gado de intereses económicos.

Si Dios existe, no se puede justificar una ley, por ejemplo, interpretando la cono­cida construcción agustiniana de «ama y haz lo que quieras» como un "ancha es Castilla", que supone, si se me permite la expresión, la más amplia libertad de catre. Pero hay más: ¿quién impide trasladar a otros campos el «haz lo que quieras»? Esta interpretación salvaje podría llevarse, por ejemplo, a la milicia, y esperar sólo unos meses para ver los resultados. Y luego a la judicatura, y a la banca, y a los mismos partidos políticos, etc. Sería una invitación al disparate y a la anarquía.

Si Dios existe, no se puede legislar na­da contra la verdad del hombre en temas tan importantes como La familia, La escue­la, la libertad de expresión, ahogada por el pensamiento único y los poderes me­diáticos al servicio de una sola idea; no se puede maltratar la libertad religiosa, aunque sea con presiones indirectas; no se puede legislar contra la vida, etc.

Porque si Dios existe, estamos jugan­do con fuego: es la persona humana y, con ella, la sociedad quienes se disuel­ven; son los legisladores los primeros damnificados con la falta de dignidad que esto supone y por el riesgo de abrir la puerta al tirano que se siente movido a actuar como un iluminado o un mesías, tal vez como esos legisladores. Siempre aparecen en épocas de corrupción -moral, política, económica, social, etc.— Basta saber un poco de historia.

La naturaleza del hombre

Si Dios existe, no se puede clamar —es otro ejemplo de La vida misma- que hoy día Jesús de Nazaret no preguntaría a nadie con quién se acuesta. Aparte de ser una grosería, Jesús seguramente no interrogó por tales prácticas -sí que las perdonó, lo que prueba que no eran buenas-, porque le bastó ratificar to­dos los mandamientos -también el sexto y el noveno-, ya inscritos en la natura­leza del hombre: son su hoja de ruta.

Por si existe es obvio que yo lo creo firmemente-, es más seguro vivir y le­gislar admitiéndolo que negándolo, lo que no supone dejar de afirmar la exis­tencia de una sana laicidad, que es separación y colaboración entre con­fesiones religiosas y estado, y el es­tatuto propio de las realidades tempo­rales, sin negar su dependencia de Dios.

Piensen con honradez los adalides del laicismo, el relativismo, agnosticismo y ateísmo que, si bien la fe cristiana es una gracia de Dios, es más fácil admi­tir la existencia racional del Creador, que ser crédulos de una evolución cie­ga. Ni el más pequeño ser vivo existiría por cálculo de probabilidades. ¡Qué de­cir de los millares de especies de anima­les y plantas y, sobre todo, del hombre!

Es muy acorde con la potencia de Dios pensar que una auténtica explosión diese comienzo a todo, pero no sin unas leyes que dirigieron no sé qué grado de evolu­ción, ni sin una particular intervención del Creador en la existencia del hombre. Son de una tremenda actualidad estas frases escri­tas por Chesterton en El hombre eterno, referidas a las personas que pretenden destruir lo cristiano: «No pueden ser cristianos y no dejan de ser anticristianos. El único aire que respiran es un aire de rebeldía, de obstinación, de crítica mez­quina. Viven todavía a la sombra de la fe y han perdido su luz

Los teoremas geométricos

Chesterton afirmaba: "si alguien me pregunta, desde el punto de vista exclu­sivamente intelectual, por qué creo en el cristianismo, sólo puedo contes­tarle que creo en él racionalmente, obligado por la evidencia".

Agustín de Hipona nos dice que la fe es un acto de la inteligencia: "el acto de fe no es otra cosa que pensar con el asentimiento de la voluntad".

También Descartes, a quien podríamos llamar padre del subjetivismo moderno, escribió: "La existencia de Dios es más cierta que el más cierto de todos los teoremas geométricos".

Y el científico francés Pascal nos recuerda que: "Sólo existen dos clases de personas razonables: los que sirven a Dios de todo corazón porque le cono­cen, y los que le buscan de todo corazón porque no le conocen".

La historia de la humanidad -como di­ría José Ramón Ayllón- está llena de náu­fragos, gentes que navegan en el océano de la existencia: unos a la deriva, y otros que han avistado a Dios. El tema es todo un desafío para la inteligencia porque si Dios existe, la vida no puede ser igual que si no existiera: ni La legislación, ni las costumbres, ni La educación, ni el trato entre unos y otros.

La famosa frase de Dostoievski "si Dios no existe, todo está permitido" es una buena parte de la realidad de ese mundo que se proclama laicista con el fin de ser teóricamente el espacio vital para todos. ¿Y si nos equivocamos? Dimitri Karamazov es presentado por el novelista ruso como un hombre culto que aprecia las conquistas de la ciencia, pero su crea­dor pone en su boca estas palabras: "¡Qué grande es la ciencia que lo explica todo! Sin embargo, echo de menos a Dios".

La ignorancia y la verdad

Es evidente que nadie puede exigir a otros que crean en Dios, pero sí se pue­de rogar a todos, especialmente a los que tienen grandes responsabilidades, que vayan al fondo de las cuestiones.

La crisis en La búsqueda de la verdad ha llevado a un permisivismo en el que la sociedad se va autodestruyendo. Y el Estado -que habría de legislar or­denando la razón al bien común- se convierte en cómplice activo de esa des­trucción. Y esto no es confesionalismo. Es creer en Dios, que es algo muy distin­to. Hay oleada de declaraciones y leyes que se anuncian no sé si con des­precio de Dios, con su ignorancia —busca­da o no- o simplemente de espaldas a Él.

Aun para el no creyente, La presunción está a favor de Dios. ¿Por qué Legislar contra Él? Es preciso meditar seriamente

estas cosas, aunque sólo fuera por hon­radez intelectual o, en último extremo, porque ¿y si existe? ¿No estaremos legis­lando contra el hombre?

Hay quejas de que Los nacionalismos legislan para una parte de la población yo no entraré ahora en este tema , pero me parece más grave legislar contra los que creen en Dios que, de un modo u otro, son muchos más que los no creyentes. Pero también aunque fueran menos, porque un signo excelente de salud democrática es el respeto a Las minorías, sobre todo en temas tan serios, sensibles y delicados; siempre que no se perjudique un bien mayor como es el caso del matrimonio y la vida.

¿Qué hacer en una sociedad plural? ¿Ha de buscarse el "ideal" de imponer el laicismo a todos como único lugar de encuentro? Pienso sinceramente que no, porque, en la duda, hay que estar siem­pre por La libertad. Y si es malo coac­cionar a alguien con una idea religiosa, es pésimo imponer una capa de laicismo a la sociedad, que, en muchos de sus componentes, quedaría privada de un derecho fundamental: el de una autén­tica libertad religiosa, que la Iglesia Católica reclama para sí y para todos.

Pienso sinceramente que el campo so­bre el que puede crecer una sociedad multicultural y multirreligiosa no es el laicismo que es ya una opción excluyente, un auténtico confesionalismo al revés-, sino el de La verdadera libertad que prote­ge de veras la dignidad del ser humano.

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