Son Tus Hijos | Escuela de Familias - LA ALTURA DEL BOTE DE COLA-CAO

LA ALTURA DEL BOTE DE COLA-CAO

Autor: Diego Alonso Rotaeche

Licenciado en Filosofía y Letras (Geografía e Historia).

Realizando el último curso del Grado en Maestro de Educación Primaria.

Padre de familia numerosa.

Profesor de Educación Primaria en el Colegio Munabe.

Fuente:

Sontushijos

Estimulando el desarrollo potencial de nuestros hijos.

Cuando Juan Manuel Montilla nació con una parálisis cerebral nadie imaginó entonces que, veintisiete años después, ya convertido en el actor y rapero “El Langui”, llegaría a ganar dos Goyas, superando unas graves limitaciones de movilidad. El Langui atribuye gran parte de este mérito a la benéfica influencia de sus padres, quienes siempre le estimularon a superarse, y recuerda muy gráficamente cómo su madre le colocaba el bote de Cola-Cao lo más alto posible en los armarios de la cocina para que él se ejercitara mientras intentaba atraparlo.

Cuando Kike, el hijo de Bertín Osborne, nació con una lesión cerebral que le impedía ver y oír, los médicos fueron tajantes: no había solución y no sobreviviría más allá de los dos años. Sin embargo el cantante no se rindió y, junto a su mujer y la fundación que han creado, han conseguido sacarle adelante y ahora, a sus siete años, Kike ve, oye, entiende y puede comunicarse, se tiene de pie y sus padres no pierden la esperanza de que llegue a andar.

He podido comprobar como esta actitud es generalmente común a todos los padres de niños con algún tipo de discapacidad, quienes, comportándose como auténticos padres-coraje, suelen estar totalmente concienciados del importante papel que pueden desempeñar en el desarrollo del potencial de sus hijos a través del estímulo y el afán de superación.

Si este “estilo educativo” es tan positivo para estos casos, ¿por qué no iba a serlo también para la educación de cualquier niño con independencia de las cualidades con las que haya nacido? Y es que los padres no siempre somos conscientes de que nuestro modo de educar va a determinar en buena medida su futuro desarrollo. Con frecuencia, lejos de promover en ellos un espíritu de superación, tendemos a sobreprotegerles, facilitándoles el desempeño de cualquier actividad, incluso las más básicas.

En educación hay una máxima que siempre debiéramos tener en cuenta: los padres no debemos hacer por los hijos aquello que ellos son capaces de hacer por sí solos. Esto que, sobre el papel, puede parecer evidente, llevado a la práctica no siempre resulta tan sencillo. Cuántas veces hemos peleado con el hijo de dos años que se empeñaba en comer él solo el puré, los macarrones o el yogur, para evitar que esa camisa o pijama fuese directamente de la mesa a la lavadora, sin ser conscientes de que tal vez estábamos segando de raíz su incipiente afán de superación. O preferimos hacerle la cama al hijo de ocho años llevados por un “para que quede tan mal, mejor se la hago yo”. Otras veces llegamos a casa tan cansados después de un día de trabajo que, por evitar la pelea con el hijo para que recoja su habitación, lo hacemos nosotros mismos y así acabamos antes y tenemos la fiesta en paz. E incluso nos involucramos tanto con los deberes de los hijos que acabamos asumiéndolos como una responsabilidad nuestra. “Es que si no, el chico no me aprueba ni una...

Por ello nuestro primer objetivo ha de ser que, al menos, nuestros hijos hagan por sí solos lo que son capaces de realizar de manera independiente. De este modo irán aprendiendo a asumir sus responsabilidades y a ser autónomos y no depender de los demás para todo. Ya sabemos que nosotros lo haríamos mucho mejor, pero no se trata de eso sino de conseguir que algún día ellos sean mejores que nosotros.

Un segundo paso sería estimularles y ayudarles para que asuman nuevos retos y hagan aquello que no podrían realizar solos pero sí con nuestra ayuda. Es lo que los pedagogos han denominado “andamiaje” (scaffolding), y que contribuye a que el hijo, con un apoyo paterno necesario pero temporal, vaya tomando poco a poco el control de una situación novedosa, ganando confianza en sí mismo y así llegue a ser capaz de resolverla autónomamente. A este segundo estadio podríamos llamarlo de superación. Es lo normalmente hacemos los padres cuando enseñamos a andar en bicicleta a nuestros hijos.

Si además conseguimos que nuestro hijo asuma como propio este afán de superación y, dejando atrás el conformismo, sea él quien se marque nuevos retos y objetivos, alcanzaría un tercer estadio que podemos denominar de autosuperación, con el que podemos augurar un largo y fructífero desarrollo de su potencial como persona.

Como todo lo que se refiere a la educación de nuestros hijos, siempre debe ir envuelto en el cariño, el aliento, la motivación positiva, la libertad y mucha, mucha paciencia. Se trata de que desarrollen la confianza en sí mismos, reconociéndoles no solo el logro cuando alcancen una meta sino también el esfuerzo realizado cuando el resultado no ha sido el esperado, apoyándoles para elevarles el ánimo y estimularles para que lo sigan intentando. Hay que respetar su propia naturaleza y dejar que se equivoquen pues de los errores todos aprendemos.

Todas las personas nacemos con un potencial que a lo largo de nuestra vida desarrollamos en mayor o menor grado. Es un camino que corresponde a cada uno y que nadie puede recorrer por otro. Pero los padres debemos ser conscientes de que, con nuestro modo de educar, podemos contribuir a que, en ese desarrollo, nuestros hijos lleguen más lejos. Aquí, la altura del bote de Cola-Cao puede ser determinante.

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