LOS CELOS EN LA INFANCIA

Autor: Inés Rivero

Directora de Erain-Txiki.

Licenciada en Pedagogía.

Fuente:

Sontushijos

Los celos entre hermanos no son obligarorios.

La primera idea importante a tener en cuenta es que no todos los niños tienen que sufrir de celos (no es una etapa evolutiva más), ni todos lo hacen por las mismas causas, ni lo viven con la misma intensidad. Tampoco se manifiesta de la misma manera e incluso puede ocurrir que alguien que lo sufre con mayor intensidad lo manifieste menos o consiga disimularlo de tal manera que ni siquiera nos demos cuenta de lo que está pasando.

Si nos encontramos con un hijo en esta situación es, por tanto, una ventaja que lo demuestre, puesto que así podremos actuar para ayudarle a superarlo.

¿Qué son los celos?

Los celos son, por un lado, la envidia que se siente hacia la atención que recibe otro hermano por parte de las personas que le importan. Pero también es una demanda de atención para sentirse también querido, no necesariamente a costa de dejar de lado a su hermano. Cuando un niño tiene celos, solemos emplear con mucha frecuencia el verbo “sufrir”. Efectivamente en el caso de los celos, el primero que sufre es aquel que los tiene. Sea por una razón justificada o no, la persona celosa se siente menos querida, desplazada, a veces ve que tiene que asumir unas responsabilidades para las que aún no se siente preparado (como ser responsable, dar ejemplo…al hermano porque es mayor)

Cuando un niño siente celos, además, se queda sin recursos para pedir ayuda. Los celos aparecen precisamente porque uno se siente “ninguneado”, menos querido. ¿A quién puede recurrir para que pongan remedio a esta situación? ¿A las personas que han optado por su “contrincante”? La persona que siente celos se cree que realmente se le prefiere al otro y puede  bien refugiarse en si mismo (manifestando tristeza, regresiones, mostrándose más vulnerable), bien mostrarse hostil con aquel al que hace responsable de este desplazamiento de cariño,  bien volcar esta hostilidad contra el adulto.

¿Cómo combatirlos?

La mejor manera de atajar los celos es evitar que estos se produzcan y para ello contamos con, por lo menos, ocho meses para preparar el terreno. La manera de hacerlo no es “concienciar” al niño de la inminente llegada de su hermano y que entonces tendrá que compartir sus cosas, será el mayor y tendrá que dar ejemplo… Estos mensajes no dejan de transmitir en cierta medida que, efectivamente, el nuevo miembro de la familia es un problema, va a tener que asumir responsabilidades que, si no viniera no tendría por qué asumir…

La manera de preparar al niño será enseñarle a compartir (independientemente de la llegada del hermano, hay que aprender a compartir porque no todo es de uno), ayudarle a ir madurando según su edad, acompañarle en el crecimiento de una manera sana y en la que no falte ni el cariño, ni la exigencia. De esta manera y sin necesidad de hacer referencia al pequeño, el niño, una vez llegue, sabrá compartir con él sus cosas materiales, el tiempo de sus padres… porque ha tenido la experiencia previa de compartir cariño y bienes en otros contextos (con sus propios padres, con familiares, en el parque…)

No debemos esperar a que se produzca una situación “extraordinaria” (como el nacimiento de un nuevo hermano) para educar en determinados aspectos, y éste es uno de ellos, que son de “obligado cumplimiento” No vamos a educar la voluntad, la generosidad, la reciedumbre, el espíritu de ayuda, servicio y colaboración  porque exista el “riesgo” de un nuevo hermano, hay que educar siempre. Además los celos no sólo aparecen con respecto a hermanos menores. Los hijos únicos pueden sufrir de celos, los benjamines pueden sufrir de celos. El motivante de los celos es alguien que acapara la atención de una persona querida. Se puede tener celos de hermanos más brillantes (sean mayores o menores que uno mismo), de hermanos que requieren más atención por estar enfermos, del padre o de la madre porque recibe la atención del otro progenitor, de un compañero de colegio porque nuestro mejor amigo se hace amigo de él o el profesor le dedica una atención especial… Los celos no tienen una única edad ni van en una única dirección. Y, al margen de que el niño que los sufre sea más o menos sensible, hay un gran factor educativo en ellos.

La segunda parte de los celos es que son una demanda de cariño. Para que no haya necesidad de ésto, debemos asegurarle nuestro cariño, mostrar un amor incondicional. El niño tiene que saber que cuenta con nosotros siempre y en cualquier circunstancia. Esto no es lo mismo que adularle constantemente, ni darle caprichos.

Centrándonos en los celos por la llegada del hermano pequeño: en ocasiones se producen en el momento del nacimiento, o incluso durante el embarazo, pero en la mayoría de los casos el síndrome del “príncipe destronado” aparece más adelante, cuando el bebé ya tiene unos seis meses o incluso el año. Es entonces cuando los niños empiezan a estar más despiertos y requieren una mayor atención por  parte del adulto. Además, los adultos, que con la llegada del nuevo hermano han estado pendientes del mayor para ver cómo reacciona, en este momento “bajan la guardia” pensando que ha sido bien aceptado. A medida que los niños crecen podemos “fomentar” los celos porque mostramos mayor preferencia por aquellos que tienen un carácter más afín al nuestro, cuando ponderamos los buenos resultados académicos de alguno de ellos, cuando empezamos a comparar (todos sabemos que las comparaciones son odiosas, pero muchas veces caemos en ellas). Por lo tanto ojo con exagerar los halagos de unos en presencia de otros (a medida que crecen, no hace falta formular la comparación en alto, la hacen ellos mismos, minando su autoestima o cayendo en el tema de los celos). No consiste tampoco en tratar a todos por igual, sino tratarlos de acuerdo a sus desigualdades con justicia, sin predilecciones. Tenemos que pelear, además, para que sea la forma de actuar de todos aquellos que tratan de manera habitual con los niños, que no haya nietos preferidos o que uno de ellos se sea “el preferido de…”.

Pautas para no fomentar la rivalidad y evitar los celos

  1. Dedicar tiempo a cada uno de los hijos. Los menores de un año nos demandan unos tiempos más o menos fijos: baños, comidas, cambios… Momentos en que nos tienen a su entera disposición y  además cargados de mucha intimidad, contacto físico. El resto del tiempo se puede emplear con mayor dedicación a los hermanos mayores, jugando con ellos, pintando, leyéndoles… Y a medida que crecen, tratar de encontrar momentos para pasar a solas con cada uno de ellos o por lo menos momentos distintos en los que cada uno sea el protagonista.
  2. No estar constantemente hablando de las “gracias” de los pequeños, ni hablar de ellos menospreciándoles. En el primer caso, también los mayores son protagonistas de “sus” anécdotas. En el segundo caso, ni es verdad que a los pequeños les queramos menos, ni es un buen ejemplo.
  3. Evitar tener al pequeño en una burbuja, con  miedo a que se acerquen los hermanos mayores. Éstos tienen que poder jugar con el niño, tocarle, tienen que ver que confiamos en que no les van a hacer daño. Si el nuevo hermano es “propiedad exclusiva” de los padres, se le está presentando de alguna manera como privilegiado y los demás pueden verlo como un rival.
  4. Unido al punto anterior, debiéramos involucrar a los hermanos mayores en la educación de los pequeños, dejando claro que la responsabilidad es de los padres. Hay que evitar exigir responsabilidades extra. Esto es muy perjudicial y crea tensiones internas, las responsabilidades de los padres deben ser de los padres.
  5. Valorar a todos los miembros de la familia. Y valorarles no tanto por sus capacidades, cuanto por sus esfuerzos. Valorar más al que más se esfuerce, aunque obtengan peores resultados. Apoyarse en los puntos fuertes de cada uno, y utilizarlos en beneficio de toda la familia, creando un espíritu de equipo. Comparar a cada niño consigo mismo, con sus resultados anteriores.
  6. Estar atentos al niño que puede estar pasando por una época de celos. Volcarse en él especialmente, con aquello que le pueda ayudar, que en cada caso será diferente, y sin caer en la trampa de compensar excesivamente, no hay que enseñarles a usar los celos como una manera de conseguir caprichos. Tenemos que compensar esa falta de cariño que parecen notar, pero tienen que hacer también un poco de “gimnasia emocional”, aprender que uno no es el centro de atención de todos y en todo momento.
  7. Y la regla de oro de educación: fijarse más en lo positivo que en lo negativo. Debiéramos llevar una “contabilidad” de nuestros comentarios, gestos…positivos y negativos y los primeros debieran doblar en cantidad a los últimos.

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