¿LAICIDAD O LAICISMO?

Autor: Eloy Olabarri Echevarría

Arquitecto.

Director del Munabe Ikastetxea

Padre de familia.

Orientado familiar.

Fuente:

Sontushijos

Algunos confunden los términos.

A menudo parecen confundirse los términos laicismo y laicidad. Lo laicista y lo laico. Y entre ellos, en mi opinión, hay una enorme diferencia.

Lo laico, lo referente a la laicidad, es deseable. Hoy en día, nadie con un mínimo de sentido de la realidad, defiende que las autoridades religiosas, en el nivel que sea, se inmiscuyan en política. Que se decidan aspectos de la organización de la vida pública en función de los intereses de una confesión religiosa. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Otro asunto diferente es que el César se meta en los asuntos de Dios. Pero eso nos llevaría a otro debate.

Sin embargo, lo laicista, a diferencia de lo laico, sí es peligroso. El laicismo persigue eliminar las referencias a lo espiritual de la sociedad. En nuestro entorno, con especial ahínco en los elementos que simbolicen la espiritualidad cristiana. Y esto, además de que resulta una tarea imposible, es tirar piedras a nuestro propio tejado.

Primeramente, es una tarea imposible, porque el sentimiento religioso existe en todas las personas. Ni las más férreas dictaduras ateas lo han podido erradicar. Cada persona vive este sentimiento religioso a su manera. Incluso se puede vivir negándolo. A pesar de los intentos de lo laicista, siempre habrá personas que vivan el sentimiento espiritual, y que lo vivan dentro de una comunidad afín. Por ejemplo, en la Iglesia.

Pero además, el laicismo es peligroso, porque lo queramos o no, nuestra sociedad occidental proviene de la civilización judeocristiana. Sería muy largo de explicar el origen cristiano de  nuestras ideas de persona, de libertad, de igualdad entre las personas, de solidaridad, etc. El cristianismo llevó a la plenitud los conceptos anteriormente planteados por griegos y romanos.

Es imposible también negar la evidencia de que el impulso espiritual ha configurado nuestras sociedades. ¿Quién puede imaginar nuestros pueblos y ciudades sin los campanarios de sus iglesias? ¿Las demoleremos? ¿Destruiremos todos los tesoros artísticos cuyo tema sea religioso? ¿Cambiaremos todos los toponímicos de referencia religiosa? ¿No más fiestas de Navidad, Semana Santa, Cármenes, Días de la Asunción o Santiago o San Ignacio…? ¿Acabaremos con Cáritas y tantas otras asociaciones benéficas dedicadas a la ayuda desinteresada?

Imagino el cambio de título del “Cristo de San Plácido” de Velázquez, por uno laicista: “Desnudo de hombre barbudo de mediana edad torturado hasta la muerte y colgado de travesaño de madera”. Eso en el caso de que se decidiera salvarlo de la hoguera.

Por todo ello, la enseñanza de Religión en las escuelas y también en las casas, en familia, debería servir para conocer las realidades espirituales que subyacen detrás de todo este patrimonio cultural, artístico, espiritual, y en definitiva, humano. No para imponer sentimientos religiosos al alumnado. El sentimiento reside en la intimidad, y ahí la libertad debería ser soberana.

Pero tampoco seamos tan ingenuos de pensar que es posible amar y defender lo que no se conoce. Y si el laicismo elimina de la educación todo lo que hace referencia al espíritu, será un suicidio para nuestra sociedad. A veces incluso da la impresión de que ya es demasiado tarde.

 

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