LA AUTOESTIMA EN LOS MÁS PEQUEÑOS (Y NO TAN PEQUEÑOS)

Autor: Jone Larreta

Licenciada en Pedagogía y Psicopedagogía por Universidad del País Vasco.

Diplomada en Magisterio por la Escuela Universitaria Villanueva.

Titulación en Euskara.

10 años ejerciendo en Educación infantil, tanto en primer como en segundo ciclo.

Actualmente, tutora del curso de 2º de Infantil en el Colegio Eskibel.

Fuente:

Sontushijos

Autoestima y autoconcepto.

Para poder entender el significado del concepto de autoestima, inevitablemente hay que señalar el del autoconcepto, ya que la autoestima no deja de ser más que un elemento de éste, aquel que hace referencia a la parte afectiva. En otras palabras, cada persona se describe a sí mismo, y en función de esas descripciones se valora (autoestima baja o alta, negativa o positiva) y en función de ésta se comporta de una manera u otra. Por lo tanto, tres son los componentes del autoconcepto: cognitivo (autodescripciones), afectivo (valoraciones)  y conductual (comportamientos).

En Infantil se da la tendencia a describirse en base a rasgos físicos, puesto que si se les dice que se describan, no suelen introducir elementos de relación interpersonal, suelen describirse aludiendo a características físicas y también en términos de actividad(“soy alto, tengo los ojos marrones, juego a fútbol, corro mucho…”).  En estas edades la autoestima de los niños es buena y antes de los 10 años se considera difícil o no frecuente encontrar casos de autoestima negativa. Sin embargo, en edades más avanzadas (adolescencia), los rasgos de tipo social son más evidentes, ya que el grupo de iguales es fundamental. Además, suelen incluir rasgos de sentimientos a la hora de autodefinirse. En esta etapa evolutiva la autoestima tiende a bajar, es la edad de “crisis” y lo normal y frecuente es que se encuentren mal y en continua lucha interna.

Para saber qué es lo que se puede hacer con los pequeños (y no tan pequeños) para fomentar una autoestima positiva, hay que tener en cuenta los factores que determinan el elemento afectivo del autoconcepto:

1.      Los padres como referente educativo: que los niños sientan una vinculación con sus significativos, es decir, con aquellas personas que se convierten en guía y modelo de referencia (lazos afectivos). En edad infantil la familia se establece como principal “motor” de desarrollo, pero a medida que se va creciendo, los iguales van adquiriendo más peso. El sentimiento de pertenencia a la familia en un primer momento y luego a la clase, grupo de amigos… conlleva no sólo identificarse con ellos (asumir los valores y normas que caracterizan a estos grupos) sino también el sentirse aceptado. Además, en estos contextos de desarrollo (familia, escuela) habrá que intentar reconocer la singularidad de cada uno, es decir, el reconocimiento de cada uno como especial o singular en algo. Este aspecto incide en la atención a la diversidad, en tener en cuenta aquello que hace especial a cada niño-a. Por eso, es prioritario conocer los puntos fuertes y débiles de nuestros hijos-alumnos ya que éstos suponen el origen de cualquier intervención, el objetivo desde el que partir para mejorar y crecer en todos los sentidos. No existen dos niños iguales, aun cuando a nivel evolutivo compartan las características de la etapa en la que se encuentren. Es esta singularidad la que aporta también riqueza a nuestras aulas, riqueza que supone valorar la diferencia como un elemento que suma y no resta.

2.      El afecto y la importancia de pautas coherentes: en la medida en que haya pautas y normas claras, así como responsabilidades, la autoestima de nuestros hijos-alumnos será más positiva. Desde edades bien tempranas se puede trabajar la virtud de la responsabilidad con pequeñas tareas y encargos fácilmente asumibles por ellos, no sólo en la escuela, sino también y sobre todo en el hogar. Los niños de cuatro años son capaces ya de responsabilizarse de pequeños encargos, puesto que es en estas edades cuando se encuentran especialmente preparados para asumirlos al encontrarse en el período sensitivo de la responsabilidad. Es en esta edad cuando comienzan a mostrarse muy serviciales, deseosos de agradar a sus padres y profesoras (referentes significativos para ellos), ofreciéndose a ayudar. Y es que con estas conductas no están más que pidiendo a gritos que se les reconozca, porque en función de estos reconocimientos externos ellos irán construyendo su imagen de sí mismos, es decir, su autoestima, en definitiva, su identidad.

3.      Uso de métodos de disciplina no coercitivos: aplicación de consecuencias lógicas y naturales en lugar de castigos arbitrarios (autoritarismo: “lo haces porque lo digo yo”). Las consecuencias naturales son aquellas que apelan a la conciencia directa y material de los actos, es decir, se trataría de dejar que los niños-jóvenes soporten las consecuencias derivadas de sus propios actos (“si no duermes, tendrás sueño”, “si rompes el cristal, tendrás frío”). En este tipo de medidas educativas no se interviene y con los más pequeños a veces no resultan del todo efectivas (no hay educación sin intervención). Sin embargo, en las consecuencias lógicas sí se interviene (“si has pintado con el rotulador en la mesa, lo tienes que limpiar”, con un adolescente por ejemplo: “no tienes pan para cenar si no has querido ir a comprarlo”). Estas pautas educativas no apelan a la autoridad sino a los derechos y al respeto mutuo, no descalifican ni suponen elementos de juicio, señalan el comportamiento actual y futuro y nunca el pasado (no sacan a relucir “trapos sucios”, y además permiten alternativas (“en caso de que pintes con rotulador la pared, vas a tener que limpiarlo”), es decir, se intenta que el comportamiento inadecuado no se dé. Sin embargo, hay que tener cuidado ya que pierden su eficacia si no se aplican con firmeza, coherencia y amabilidad, y existe el riesgo de que se conviertan fácilmente en castigos (si se usan amenazas, si continuamente se está advirtiendo-es fundamental sólo decirlo una vez-, si recuerda una y otra vez, si el lenguaje no verbal o gestual-corporal no acompaña, si se dan deseos de revancha…).

¿Cuáles son los indicadores de una autoestima positiva?, ¿cuándo nos tenemos que preocupar como padres-educadores?, ¿qué nos indica que algo no funciona en nuestros hijos-alumnos?

Los niños y/o jóvenes que presentan una autoestima positiva suelen manifestar su satisfacción por los logros personales (por ejemplo, niños que se muestran contentos con sus trabajos del colegio, que están satisfechos con el resultado de su esfuerzo y trabajo); actúan con independencia y son capaces de afrontar situaciones nuevas(niños que demuestran tener iniciativa por hacer cosas nuevas no dependiendo del refuerzo exterior); asumen responsabilidades nuevas, es decir, se ven a sí mismos capaces de ejecutar tareas conocidas y no conocidas (siempre resulta más fácil afrontar tareas conocidas, ya que lo desconocido provoca miedo, inseguridad, incertidumbre); afrontan nuevos retos y son tolerantes a la frustración (el niño-joven que tiene autoestima positiva, ante una dificultad, aumentará los esfuerzos y los intentos por abordarla, por solucionarla, por sacarla hacia adelante). Además, la persona con autoestima positiva se muestra espontánea en la manifestación de sentimientos y emociones.

Por el contrario, los niños y/o jóvenes con baja autoestima o autoestima negativa suelen tender a fijarse en lo malo, es decir, priorizan lo negativo frente a lo positivo;  evitan situaciones nuevas que provocan en ellos inseguridad; suelen culpabilizar a los demás; se muestran influenciables(les cuesta tener criterio propio y tomar decisiones); suelen presentar sentimientos de impotencia…

Por último, si queremos favorecer en nuestros hijos-alumnos el sentimiento de valía y autoconfianza es fundamental reforzar los aspectos positivos, premiando, elogiando e incentivando los comportamientos, es decir, reforzando la motivación externa de la autoestima (educación en positivo). Pero ésta no es suficiente, resulta mucho más gratificante reforzar la motivación interna(relacionada con la voluntad), esto es, que cada niño-joven confíe en su propia capacidad de lograr sus objetivos en base alesfuerzo (esforzarse por acabar cada vez mejor los trabajos, esforzarse a la hora de comer algo que no les gusta mucho, esforzarse especialmente en aquello que no les sale del todo bien, pero que puede suponer un reto y posibilidad de mejora, no abandonar a la primera una actividad en la que no se obtienen resultados positivos inmediatos…). De esta afirmación se deduce una pauta educativa importante: poner énfasis en el esfuerzo y en los pequeños logros sobre todo en situaciones difíciles y favorecer la comparación con uno mismo y no con los demás (que es lo que habitualmente se tiende a  hacer).

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