SOBRE EL SENTIDO DEL AYUNO Y LA ABSTINENCIA EN CUARESMA

Recordar algunas ideas para hablar con los amigos... y los hijos.

Posiblemente, entre nuestros amigos o conocidos, nos habremos encontrado más de una vez con alguien que, confesando nuestra misma fe, considera absurda, exagerada y anacrónica la práctica de la abstinencia de carne en el tiempo de Cuaresma. Esas personas argumentan que esa privación no tienen sentido en pleno siglo XXI, aunque quizá en tiempos pasados sí lo tuviera. Hoy en día dejar de comer carne no cuesta nada e incluso -piensan- puede ser una actitud hipócrita  que la misma persona que no come carne se excede en otras comidas o, simplemente, lo hace porque se lo mandan.

¿Qué podemos decir a esas personas que se enfadan porque les parece una tontería que la Iglesia siga mandando esas penitencias en el siglo XXI?

Ahí van algunas ideas

1. La Iglesia, al comenzar la Cuaresma ―que no quiere que la vivamos de una forma superficial o meramente externa― nos anima a que voluntariamente caminemos por senderos de purificación interior y penitencia. Para eso nos sugiere muchas cosas (a las que nos cuesta hacerles caso, tales como la oración o la limosna) y nos pide un signo: el ayuno y la abstinencia.

2. Nada más contrario a los deseos de la Iglesia que los cristianos nos quedemos en la letra de la ley, eludiendo el espíritu de la misma. Lo que la Iglesia desea para los hombres viene bien expresado en Palabra de Dios que en los primeros días de Cuaresma se lee en la liturgia eucarística.

El profeta Isaías, hace ya muchos siglos, nos previene contra las prácticas meramente exteriores de penitencia: En el día del ayuno se descubre vuestra voluntad y oprimís a todos vuestros deudores. Ayunáis, sí, entre disputa y riña, golpeando inicuamente (...). No ayunéis como hasta ahora, para que vuestro clamor sea oído en lo alto.

Lo que busca Dios en nosotros es el sacrificio interno de la voluntad. Un corazón contrito y humillado (Salmo 50) agrada siempre a Dios. Él desea un dolor sincero que se manifieste en vivir los medios de penitencia que la Iglesia nos propone en Cuaresma, Por eso hay que hacer que el corazón, arrepentido de sus infidelidades, acompañe estas pequeñas obras que sin amor no valdrían nada a los ojos de Dios.

3. La Iglesia, interpretando el querer de Dios nos pide un signo y, como tal signo, nos da lo mismo (con tal de que no sea algo malo) que nos mande no comer carne o llevar gorro rojo (esto segundo a mi me costaría más porque me daría más vergüenza). Aunque para algunas personas pudiera parecerlo, este signo no es arbitrario y absurdo. Tiene sus raíces en la historia y en la naturaleza espiritual del ser humano, necesitado de privaciones y renuncias para poder elevar el espíritu a lo más alto.

4. Por supuesto que en el pasado (y en el presente) no comer carne, para los ricos, que eran los que la podían adquirir y comer con facilidad, podía costar más, pero, por eso mismo, los pobres no debían preocuparse porque pocas veces lo hacían. Así pues hay que pensar que era más penitencia para los poderosos ―y así agachaban un poco la cabeza (humildad) ― que para los pobres. Para nosotros, hoy día el acceso a la carne está tirado, por eso nos cuesta más y por eso tiene, incluso, más sentido.

“Mi madre, por ejemplo ― me decía un amigo―, no come carne, y a mí me gusta más el pescado, pero en los días de abstinencia siempre me acuerdo de que debo ofrecerle a Dios el sacrificio de mi sumisión interior: hoy no comeré carne porque así me lo pide Dios, aún en el caso de que me gustara mucho, y estoy seguro de que mi madre sacrificará otras cosas, de corazón”.

5. Como algunos, acertadamente piensan, no comer carne y ponerse las botas de angulas es un sinsentido para una persona que tiene conciencia moral. Para el que no la tiene y al que todo le da lo mismo, es inútil decirle nada. En todo caso quizá le interese por aquello del colesterol, la gota o cosas así, pero desde luego desde el punto de vista de la renovación interior, es como el chino a todos los efectos. Las normas de abstinencia y ayuno son para las personas que, en buen plan, se fían, tienen fe en la Iglesia, y quieren hacer la voluntad de Dios en los pequeños detalles y también en lo grande.

La palabra sacrificio viene del latín: sacer facere, es decir, hacer algo (convertir en) sagrado. ¿Y cómo se hace algo sagrado? Ofreciéndoselo a Dios. Es algo bueno de lo que nos privamos. No tiene necesariamente que costarnos, ni es algo malo que arrancamos de nuestras vidas. Es, simplemente, algo que lo hacemos para Dios por cariño.

6. Hay personas a las que con buena intención les cuesta ― quizá por ser hijas de tiempos en los que se rechazan las apariencias en beneficio de la sinceridad― entender este tipo de penitencias. La abstinencia de carne cuando hay cosas mucho más importantes de las que privarse parece ridícula. Pero aún así cabría preguntarse: si lo de no comer carne es tan tonto, ¿a qué se debe ese rechazo? Si nos pidieran algo difícil, todavía, pero mientras se nos pida algo fácil... ¿Fácil? Depende. Para el sencillo y humilde lo es, pero para el soberbio no lo es tanto. No por su imposibilidad material, o por razones de salud (en cuyo caso la abstinencia y el ayuno no obligan), sino, precisamente, por aquello que más dificulta la conversión: la soberbia.

7. ¿Qué es la soberbia? Un monstruo con muchas cabezas. Nos hace creernos más de lo que somos, autosuficientes, seguros de nosotros mismos, y que nos lleva a despreciar a los demás considerando que no saben lo que dicen, que son tontos, no se dan cuenta, están en otro mundo, etc. “Menos mal que yo, centro del universo, tengo la cabeza clara y sé lo que es bueno y lo que no lo es, que tengo sentido común y que estoy a un nivel superior de sensibilidad espiritual”, piensan.

8. Precisamente esas normas van encaminadas a pedirnos que agachemos la cabeza y que hagamos con sentido de adoración, amor y respeto a Dios, algo que manifiesta nuestro reconocimiento de que Él, Dios, es nuestro Señor y nosotros sus siervos. Ser Señor, Dios y Padre, no está reñido, del mismo modo que con nuestros padres también vivimos el respeto y la obediencia.

9. Tener en la cabeza la ocupación ―con todo el esfuerzo que eso lleva consigo al preparar el menú del día, al ir a una cafetería a tomar un pincho, etc.― de vivir el ayuno y la abstinencia es un modo muy práctico de acordarnos de que estamos en cuaresma, tiempo de vigilancia, de estar más atento a Dios, de salir de nosotros mismos, etc. Tener esos pequeños detalles para alguien a quien se ama es bonito y si, además, lo hacemos con naturalidad, sin aspavientos, más bonito todavía

10. Por supuesto que la Iglesia no quiere que los cristianos nos quedemos en eso y reconoce que hay otras privaciones mejores (pero que no las excluyen) como el ayuno de chismorreos, criticas, murmuraciones, cotilleos, móviles, espejo... pero eso sí que es difícil. También nos pide que hagamos oración (¡mucha!) pero considera que no está al alcance de todos. En cambio no comer carne o pasar un poco de hambre (incluso como signo de solidaridad con los que cada minuto mueren hambre en el mundo) viene muy bien y está al alcance de todo el que quiera hacerlo.

11. El sacrificio es algo que se hace, pero también, una actitud de alma. Es ofrecer algo, porque así quiero hacerlo, porque creo en algo bueno que está por encima de mí. Me separo de lo puramente material, de los sentidos, de los gustos, aunque me cueste, con libertad, porque me da la gana

9 ideas para entender el ayuno y la abstinencia

1.- Lo que nos pide la Iglesia va más allá y es más profundo que el mero hecho de pasar hambre o no comer carne.

2.- Ayuno y abstinencia son un signo de una actitud interior de adoración y penitencia

3.- Hace años, la abstinencia de carne afectaba más a la gente acomodada, que disponía de carne con más facilidad, que los pobres. Ahora nos afecta a todos de modo parecido.

4.- Si la Iglesia nos manda algo tan sencillo, ¿por qué oponerse?

5.- A quienes más cuesta vivir estas penitencias es a los soberbios que o creen que los gestos han de ser llamativos o que no tienen valor lo que no se entiende.

6.- También la penitencia del sacramento de la confesión es, habitualmente, pequeña; muy insignificante comparada con la gravedad de los pecados personales, pero no por eso la despreciamos, al contrario, la agradecemos.

7.- El ayuno y la abstinencia son, también, un recordatorio de que podemos ―y debemos― hacer otras penitencias más valiosas. Las primeras no excluyen las segundas, al contrario, las fomentan.

8.- El interés por vivir estas penitencias nos ayudan a recordar que estamos en un tiempo especial de volver de nuestros corazones a Dios mediante el desprendimiento de lo material.

9.- Estas costumbres cristianas, presentes de modos muy distintos en todas las religiones, refuerzan el gesto solidario y son un testimonio a favor de quienes pasan hambre (muchos millones en el mundo) y no tiene medios materiales para comer lo que desearían

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