«NO SE PUEDE VIVIR A PRUEBA, NI SE PUEDE AMAR A PRUEBA»

Autor: Luis Crovetto
Orientador familiar y miembro de COFAB.
Fuente:

Gaztelueta al dia

          Cuentan que los pueblos felices no tienen historia. Y, sí, muchas veces lo que vende en los "medios" es lo que se sale de lo ordinario.

           Se dice que publicaron un periódico que sólo editaba buenas noticias y lo tuvieron que cerrar porque no se vendía. Una familia feliz en la que todo va bien no vende, por lo tanto no interesa. De hecho, en nuestra sociedad hay muchos más matrimonios felices que rotos, pero no son noticia. Por otra parte, no olvidemos que el estereotipo que el cine y la televisión nos presentan es el de - una persona atractiva y de buen nivel económico y profesional, pero sola. Ejemplos claros los encontramos en series como. House, Bones, etc. Personas sin ningún tipo de atadura. Los matrimonios felices rompen el prototipo presentado por los "medios".

La importancia del noviazgo

          Un matrimonio tiene que crecer robusto desde el noviazgo. Nos sirve para conocer a la persona con la que vamos a compartir el resto de nuestra vida, y por lo tanto hay que vivirlo bien. Pero hemos de darnos cuenta que hasta que no nos casamos no conoceremos perfectamente a la otra persona. Es un período en el que idealizamos al otro, y si no lo vivimos correctamente, si no somos conscientes de que al matrimonio vamos a dar y no a recibir; pueden darse decepciones, fruto de la inmadurez y de no saber comprender las limitaciones del otro. Por eso, es necesario ser muy sinceros durante el noviazgo y que nuestra pareja nos conozca tal y corno somos. Por lo tanto hay que hablar mucho y dejar muy claro cuál es nuestro proyecto de vida y qué esperamos del otro. Como en el noviazgo no queden muy claros los puntos fundamentales de la relación, luego pueden surgir problemas que harán sufrir a ambos.

           Uno de estos puntos, de gran importancia, es el papel del compromiso, el pacto conyugal entre los dos. No se puede vivir a prueba, ni se puede amar a prueba. Cuando un hombre y una mujer se quieren y deciden contraer matrimonio inician una vida en común para lo bueno y para lo malo, pero hay que superar algo muy típico del noviazgo, y es dejar de mirarse el uno al otro para mirar juntos en la misma dirección. Cuando miramos juntos vemos lo mismo y seguimos el mismo camino. Esto implica que somos compañeros de viaje: los esposos no son propiedad, pero se pertenecen de un modo más profundo de lo que pueda pertenecer a uno cualquier propiedad. No hay que olvidar que somos criaturas libres, cada uno con su singularidad; no nos pertenecemos como una posesión, nos pertenecemos precisamente porque aceptamos la libertad del otro y nos sostenemos el uno al otro en el conocernos y amarnos. Somos libres y al mismo tiempo una sola cosa para siempre.

La vida en común

           El paso del noviazgo al matrimonio es verdaderamente importante. Una vez casados hay que cuidar esta unión.

           Simplificando y salvando las distancias, podemos decir que hay amores que no hace falta cuidar y amores que hemos de cuidar. El amor a los hijos es un amor incondicional: se les quiere siempre hagan lo que hagan, pero hay amores que como no se cuiden se apagan, se debilitan. Por ejemplo, si no cuidamos el amor a Dios, se apaga. Si no renovamos la ilusión profesional, perdemos las ganas de trabajar, y se convierte en una rutina y acaba siendo una condena.

           Algo similar ocurre con el amor conyugal, que si no se viven los detalles, la renuncia, la delicadeza, el contar con el otro, el ponerse en su situación, el luchar por conocer al cónyuge tal y como es, no como me gustaría que fuese, acabaremos en la indiferencia o en esa situación tan de moda ahora, en el "desamor".

Pequeños (o grandes) baches

          El matrimonie puede ser un camino de rosas, pero no olvidemos que las rosas tienen espinas. Nos encontraremos con las crisis propias de la persona. Las circunstancias cambian a lo largo de los años y por lo tanto cambian las situaciones a las que enfrentarse, pero no creo que las crisis sean malas: son simplemente adaptaciones a los cambios que se producen en la sociedad, en los hijos, en nuestros propios cuerpos y en nuestras circunstancias personales. La vida es muy cambiante, y las personas vamos evolucionando a lo largo de ella.

          Eso no implica nada más que igual que nos cambian las circunstancias profesionales, las de salud o de edad, nos cambian de igual modo las relaciones conyugales y familiares.

          Si hay comunicación, la marcha de los hijos de casa, la jubilación o cualquier otra circunstancia del la vida son etapas apasionantes que hay que afrontar con optimismo y sin miedo. Evidentemente hay que alimentar el amor y en eso entran componentes de todo tipo - \' religiosos, culturales formativos, lúdicos etc.-, pero también es bueno dejarse aconsejar por aquellos que han pasado por esa situación, sabiendo que cada matrimonio es un mundo y que lo que a unos les va bien a otros puede ser que no.

Aprender del pasado

          Las personas suelen incurrir en los mismos errores, y por eso es importante que sepamos perdonar y olvidar. El "perdono pero no olvido" es la tumba del amor. Las oportunidades que nos dan las nuevas etapas de la vida son recomenzar, profundizar en el amor, saber que siempre estamos empezando, con-menos fuerzas físicas pero con la misma ilusión que al principio, porque la ilusión no es un sentimiento sin más, es un deseo que alimentamos a lo largo de toda la vida.

Pienso que para ser feliz en la vida son necesarias tres cosas: algo que hacer, alguien a quién amar y algo que esperar. Estas tres pautas están en la base del matrimonio. Si las vivimos a lo largo de todo el recorrido matrimonial, no hay problema que no se pueda superar, no hay crisis que nos pueda preocupar.

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