LAS REDES SOCIALES HACEN PERDER EL PUDOR

Autor: Celeste López, Alicia Rodríguez de Paz
Fuente:

Ateleus

Algunos exponen su vida en internet como si de un escaparate se tratase.

 

Camino D., de 44 años, acaba de descubrir que su vida está en internet a la vista de los 353 amigos de su hija mayor, de 14 años. En la red aparecen varias fotografías etiquetadas como Mi familia: ella en bañador, junto a su hija pequeña (8) y su marido (47) en la playa de Santander. Otra imagen de Camino con sus padres y hermanas. En la siguiente, con el traje recién comprado para asistir a una boda. También el pastor alemán que adoptaron hace ahora cuatro años. Y, para que no falte ningún detalle, el chalet en el que viven y detalles del interior, como su título de licenciada y otros objetos que dejan bien claro que su marido pertenece a algún cuerpo de las fuerzas armadas… Y, por supuesto, centenares de imágenes de la primogénita. “Nuestra vida está a la vista de todos. Pero lo peor de todo es que se lo digo y en sus ojos veo que no entiende nada. No comprende mi indignación por ver de qué manera ha vulnerado nuestra intimidad”, indica Camino.

Y es verdad que la adolescente no entiende el enfado de su madre, como tampoco lo entienden sus compañeros de clase. ¿De qué habla? Para ella, colgar fotos en la red no invade ninguna intimidad, como tampoco lo es contar qué hace, qué compra o con quién va…¿Por qué? Según los expertos, estos jóvenes tienen un concepto de la intimidad completamente distinto al de generaciones anteriores. Los nativos digitales crecen en “la aceptación de la pérdida de anonimato e intimidad, que a nosotros nos parece esencial, quizá por eso se muestran sin pudor en las redes sociales”, señalan Susana Méndez, psicóloga y directora de la Fundación GE Social, y Elena Rodríguez, miembro del equipo de Sociológica Tres, en el estudio Adolescentes digitales del Instituto de la Juventud (Injuve).

Los expertos insisten en que el concepto de lo privado, de lo íntimo, se ha ido transformando. Se trata de un fenómeno prácticamente universal entre los más jóvenes, tan extendido como el uso de determinadas herramientas de la red. Según el estudio del Foro de Generaciones Interactivas y la Fundación Telefónica Menores y redes sociales, el 71% de los chicos y chicas de 10 a 18 años tiene un perfil o varios. A partir de los 14, el uso de redes sociales como Facebook y Tuenti supera el 80% y alcanza su cota máxima de uso (85%) justo antes de la mayoría de edad.

Roger Martínez, sociólogo y profesor de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), recuerda que la intimidad, lo secreto, es un concepto burgués relativamente reciente. En la actualidad se da una confusión entre lo público y lo privado, de lo que ya se comenzó a hablar en los años ochenta, explica Martínez, mientras define lo íntimo como “aquello que no queremos que sepan los demás”. “Los chicos tienen relativo cuidado con lo que ponen en las redes sociales, pero cuando cuentas con medio millar de contactos resulta complicado controlarlo del todo. Aunque vivimos una mayor exhibición de lo íntimo, los jóvenes y adolescentes dicen que tienen muy clara la separación entre lo que cuelgan en la red (fotos, comentarios) y lo que charlan con sus amigos. Creo que se trata de una expresión más emocional, de dejar un registro (de lo que pasa, de lo que están viviendo). Además, están convencidos de que no pasa nada por mostrar unas fotos tuyas. El control de la intimidad tiene menos valor que años atrás”.

Y no es sólo internet, apuntan los especialistas. A través de los teléfonos inteligentes como la BlackBerry y programas como WhatsApp, los adolescentes intercambian un volumen enorme de mensajes, fotos, vídeos con sus contactos. “Sobre todo a estas edades, hay que entenderlo como una forma de estar juntos, de mantener la conexión con tu grupo de iguales, de tener un contacto continuo”, concluye Roger Martínez.

El profesor del IE Business School y experto en tecnología Enrique Dans ejemplifica el choque generacional que provoca la transformación del concepto de lo íntimo, lo privado. “Le insisto a mi hija para que cuelgue sus fotos en cerrado, no en abierto. No les preocupa aparecer en bikini. En general, los internautas más jóvenes no están preocupados por exhibirse. La red es una prolongación constante y permanente de su vida social. Sienten la necesidad de alimentar la conexión. Compartir contribuye a alimentar su imagen”.

Hasta ahora, explica Dans, “se ha valorado la privacidad, la posibilidad de perderla nos resulta incómoda. Para nuestros hijos, no existe. Es más, tiene una connotación negativa. No mostrarte en internet resulta sospechoso:’¿Por qué no estará en internet?’, se preguntan. Se trata de una generación que no pretende compartirlo todo, pero sí que prima poder ser encontrados en la red. Es una cuestión de proximidad”.

Por su parte, Méndez y Rodríguez hacen hincapié en los cambios sociales y de conceptos sufridos con el desarrollo de la tecnología y en cómo ha aumentado el control de las personas que la utilizan –sean mayores o jóvenes–, hasta puntos antes impensables. “Vamos dejando rastro como nunca de nuestros movimientos (en compras, teléfonos, navegación…). La aldea global está más controlada que nunca, en una especie de contradicción entre la libertad de movimiento y la pérdida de la intimidad”, señalan. Sin embargo, las críticas hacia esa pérdida de anonimato proceden mayoritariamente de las personas que utilizan poco las nuevas tecnologías. El resto parece haberse amoldado a las nuevas circunstancias y valorar las ventajas que aporta, sobre todo los menores. De hecho, para los jóvenes, internet y, más en concreto, las redes sociales representan libertad y cercanía.

Importa pues la escala de valores que se aplica y, de la mano, la percepción del riesgo de cada uno. En Menores y redes sociales, realizado por Xavier Bringué y Charo Sádaba, se detalla la falta de prevención de jóvenes y adolescentes a la hora de mostrar información personal en la red: uno de cada cuatro chicos y chicas de 10 a 16 años que tienen más de un perfil en internet considera que puede “poner cualquier foto o vídeo” suyo. Mientras, una encuesta reciente de la Fundación Solventia refleja que sólo el 1,7% de los adolescentes de 14 a 16 años asegura no ser consciente de que lo que cuelga en la red puede ser visto por otros usuarios.

El sociólogo Francesc Núñez y el filósofo Pau Alsina han colaborado en la reciente exposición Extimidad: arte y tecnología, en el Museu d’Art Modern i Contemporani de Palma de Mallorca. A través de sus textos, apuntan que la espectacularización de lo íntimo lleva años forjándose, por ejemplo, mediante programas de televisión como los reality show o del avance de la prensa del corazón. Sin embargo, destacan que con las nuevas tecnologías como internet se ha ahondado en el proceso: “Las TIC permiten una enorme reflexividad, que convierte al yo en algo que se puede dimensionar fácilmente y presentar en los espacios públicos”.

Para abordar estos cambios, Enrique Dans se remite a Mark Zuckerberg, fundador de Facebook: “Zuckerberg piensa que la privacidad es un accidente histórico. Mientras se vivió en pequeños núcleos no existía, todo el mundo lo sabía prácticamente todo del otro. En las grandes ciudades, ya no eres capaz de abarcar todo lo que pasa a tu alrededor. Ahora, la tecnología amplía nuestro ancho de banda mental y, si sientes curiosidad por los nuevos vecinos, en la red puedes ver sus fotos y saber cuántos hijos tienen o, en ocasiones, hasta si se emborracharon hace unos días”.

Sin embargo, el profesor del IE se muestra optimista sobre cómo afrontar los cambios, ya que considera que a mayor utilización de estas herramientas, habrá menos coladeros indeseados de información y mayor control de la capacidad de privacidad. ¿Qué pueden hacer los padres? Dans defiende que hay que explicar a los críos a qué se exponen (pornografía, mal uso de la información), pero reclama un esfuerzo de los progenitores. “Es necesario tener más cultura del medio. No se puede asumir que los hijos saben más de tecnología. No hay padres ignorantes sino desinteresados”. En esta línea se ha manifestado reiteradamente el sociólogo Javier Elzo, que ha analizado la relación entre los jóvenes y la tecnología. Elzo considera imprescindible impulsar iniciativas de concienciación y educación. Expertos en redes sociales reunidos esta semana en Madrid, entre ellos el magistrado del Tribunal Supremo Pablo Lucas Murillo de la Cueva, abogan por “normalizar la cultura de la protección de datos entre los jóvenes”.

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