CUANDO EL AMOR ES UN EJERCICIO DE LA VOLUNTAD

Autor: Jaime Ginés

Diplomado en Magisterio en la especialidad de Filología Inglesa (Universidad Complutense de Madrid) y Bachelor of Education (Universidad de Gales).
Trabaja como maestro de Educación Primaria desde 1993.
Tiene formación y experiencia profesional en el desarrollo de programas plurilingües, TIC en el aula, enseñanza para la comprensión, aprendizaje basado en el pensamiento, educación temprana y orientación familiar.
Erain ikastetxea

Fuente:

Original para sontushijos

          Muchas veces nos damos cuenta de que, cuando queremos ponernos de acuerdo sobre un tema u otro, invertimos bastante tiempo en clarificar cuáles son los significados de los términos sobre los que queremos debatir.

             Hablar del Amor no está exento de este proceso y, en cuanto surge el debate, palabras como sentimientos, cariño, querer, etc. se ponen sobre el tablero y cuesta trabajo consensuar a qué se refiere cada una de ellas.

            Lo cierto es que todos estos vocablos han de ser utilizados para hablar del Amor, pero no está de más proporcionar a algunos de ellos un significado que nos permita explicarnos. Acertar y coincidir con el lector en las definiciones escogidas es complicado, pero en cualquier caso, cada uno podrá intercambiarlas a su gusto sin que se pierda el sentido último de lo que se quiere expresar.

            Utilizando la palabra sentimientos se quiere aludir a los procesos de enamoramiento que conectan a dos personas. No son “regulables” y escapan de nuestro control. Hacen referencia a una afectividad casi instintiva y tienen mucho que ver con la pasión.

            Al hablar de cariño topamos también con los sentimientos, pero siendo éstos más apaciguados y moldeados por el paso de la experiencia.

            Si empleamos el término querer, nos encontramos la voluntad. El sujeto que quiere ejercita su voluntad hacia quien dirige sus sentimientos y sobrepone a éstos la permanencia de su acto.

            En definitiva, cuando uno Ama con mayúscula, toma decisiones motivadas casi siempre en un primer momento por sentimientos incontrolables. Sin embargo, más adelante, la validez de estas decisiones no está sujeta a la duración de las pasiones afectivas. Amar a alguien supone entonces un compromiso que uno contrae voluntariamente por el valor de la otra persona en sí misma y no por las circunstancias en las que se desarrolla la relación.

            Las decisiones y los compromisos que se adoptan nos hablan de fidelidad, de esfuerzo, de procurar el bien al otro, de mejorar uno mismo para ofrecer lo mejor, de superar dificultades y fracasos y de compartir éxitos y alegrías.

            Quien comparta estas opiniones coincidirá en que la unión de una pareja va mucho más allá del enamoramiento que la incita. El valor de esta unión es muy superior al encuentro instintivo entre seres humanos y exige una entrega responsable que uno debe entender como definitiva.

Bien es cierto que, hoy por hoy, hablar de relaciones definitivas se interpreta como una actitud antigua y superada, pero también es cierto que no son demasiados los que están dispuestos a entablar una relación sin tener delante una perspectiva de estabilidad que perdure en el tiempo. En definitiva, cuando uno decide comprometerse con otra persona espera que el compromiso mutuo no esté limitado por posibles condicionantes, aún a sabiendas de que las dificultades de la convivencia y las propias de compartir un proyecto común llegarán tarde o temprano.

La entrega amorosa, desde su origen mismo basado en el enamoramiento en el que todo es “color rosa” y después, cuando ya empieza a implicar decisiones más maduras, es incompatible con el egoísmo. En las relaciones personales, buscar la propia complacencia y bienestar es un signo de alarma que nos advierte de que el Amor empieza a tambalearse. Es importante reaccionar a tiempo y, echando mano de la “época rosa” y recordando todo aquello que nos hico tomar la decisión de compartir nuestra vida y comprometernos con el otro, volver a ejercitar nuestra voluntad sin perder de vista que la mejor forma de hacerlo es dirigiéndola hacia el Bien y, especialmente, hacia el Bien ajeno.

Es lógico considerar que, sobre el papel, las “fórmulas mágicas” son muy sencillas de seguir y parece que pierden significado y valor. Todos sabemos que no son pocos los problemas que surgen en muchas relaciones y muchos de ellos son de una gravedad irrefutable. El Amor de verdad no es ciego y quien lo practica debe tener muy claro qué se espera de sí mismo y del otro. Cuando uno descubre que una determinada fórmula de egoísmo empieza a enquistarse y se convierte en un elemento de destrucción, entonces es necesario tomar decisiones como la de concederse tiempo y distancia. En estas situaciones, tal vez, lo más importante sea no dejarse arrastrar por el rencor, recordar nuestro compromiso personal y contar con la serenidad que procura el ser consciente de que nuestra forma de actuar se dirige al Bien con mayúsculas, para uno mismo y para el otro. Esta actitud, aunque no lo parezca, nos remite nuevamente a la “fórmula mágica” del Amor, una fórmula que cuenta en sus ingredientes indispensables con el Bien y la Verdad.

Cuando el Amor es un ejercicio de la Voluntad, no es fácil, pero merece la pena.

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