¿VIRTUD SIN ORDEN? ¡RARA VIRTUD!

Autor: Manuel Caballero Chavero
Licenciado en Pedagogía por la Universidad de Navarra.
Diplomado en Orientación Familiar por el ICE (U. Navarra).
Gran experiencia en colegios como profesor y director.
Colaborador de la revista Iglesia en Camino de la Archidiócesis Mérida – Badajoz.
Padre de familia numerosa
Fuente:

Sontushijos

Lo que enseñamos a un niño en el orden material es sólo el primer paso de esta virtud..., pero un paso fundamental.

El orden es la virtud que fundamenta y sostiene al resto de las virtudes humanas. Está en la base de todos los demás valores, a los que sirve de soporte. Por lo tanto es muy difícil crecer en virtudes si no se tiene bien ordenada la vida, si no se vive ordenadamente.

Según David Isaac, profesor de la Universidad  de Navarra, la virtud del orden consiste  en “comportarse de acuerdo con unas normas lógicas, necesarias para el logro de un objetivo deseado y previsto, en la organización de actividades, con iniciativa propia, sin que sea necesario recordárselo”

Gracias a la virtud del orden podemos disponer de más tiempo, conseguimos ser más eficaces en nuestras actuaciones, aumentamos el rendimiento en nuestro trabajo y alcanzamos  con más facilidad los objetivos que nos proponemos.

El ejercicio de la virtud del orden nos proporciona confianza y seguridad en las tareas que realizamos diariamente, y eso nos ayuda a conseguir más felicidad con menos esfuerzo.

Llegar a tiempo

Como en toda adquisición de valores, importa mucho aprovechar los primeros años de vida de nuestros hijos para irlos habituando en el ejercicio de esta virtud. Para ello es necesario establecer unas normas mínimas en la convivencia familiar diaria,  encaminadas a la adquisición de los hábitos de orden, adecuadas a la edad y desarrollo psicológico de los niños. Lo mismo que ocurre con el desarrollo de las demás capacidades del ser humano, los primeros años de su existencia son decisivos para su adquisición. Pasadas esas oportunidades para su aprendizaje, se aprenden  “tarde, mal y nunca”.

Lo que enseñamos a un niño es el orden material, esto es solo un primer paso para la virtud del orden. Cuando crezca le ayudará a mantener en orden su cabeza y ser más eficaz en todo lo que se proponga. Saber organizarse es algo que se aprende de pequeño, por ejemplo, empezando por organizar los juguetes en su caja. Para un niño constituye un juego el hábito de ordenar las cosas.

El niño que se habitúa a vivir en un ambiente de desorden, cuando sea mayor tendrá serias dificultades para organizar las prioridades en su vida. De ahí la necesidad de distribuirles el tiempo a lo largo de la jornada diaria para la realización de las distintas actividades  y conseguir que se cumpla lo previsto. De esta manera aprovechan mejor el tiempo, se aburren menos y  van adquiriendo los hábitos necesarios para la convivencia humana.

El orden en la cabeza y en el corazón

Este ejercicio de la voluntad, necesario para la adquisición de la virtud del orden, constituye la base necesaria para alcanzar el orden en la cabeza y en el corazón, mucho más necesario y decisivo para la felicidad del ser humano que el conseguir el orden en las cosas materiales.

Enrique Rojas afirma: “El orden es un segmento esencial  de la voluntad, placer de la razón y sedante de la afectividad”

Por eso cuando hablamos del orden no nos referimos solo al orden material de las cosas que usamos, sino, fundamentalmente, al orden en la integridad de la persona. Es decir, el orden en la cabeza y en el corazón, fundamentalmente.

Tener orden en la  cabeza quiere decir saber a qué atenerse, tener unos criterios coherentes y operar siguiéndolos  de cerca. En definitiva, tener una jerarquía de valores y un proyecto de vida.

Una cabeza ordenada tiene un orden en las prioridades, en las importancias, que se traduce en el uso del tiempo: tiempo para Dios, tiempo para el trabajo, tiempo para la familia, tiempo para la vida social, tiempo para los entretenimientos,…

Tener orden en el corazón es imprescindible para ser felices, ya que en él se desarrollan las pasiones, les sentimientos y los afectos: el amor.

El desorden en cualquiera de estos tres aspectos hace que la calidad de nuestro amor sea deficiente, y por lo tanto poco fiable. Por lo tanto, el deseo innato de todo ser humano de amar y ser amado puede quedar frustrado.

Es bueno tener pasiones por las cosas buenas, buenas pasiones. Muchas grandes obras humanas que quedan para el disfrute de todas las generaciones son fruto de grandes buenas pasiones. Pero también las grandes tragedias, muchas veces, son fruto de malas pasiones. Las pasiones desordenadas acaban siempre arruinando la vida personal y la de los que nos rodean.

La persona siempre lo primero

Cuando el desorden se produce en los afectos y sentimientos, se trastoca en la persona el orden prioritario en el cuidado y atención de los seres que nos rodean. Y así observamos que hay individuos que sienten lástima por el destino de los animales, al mismo tiempo que se muestran despreocupados con la situación de las personas que están a su alrededor sufriendo todo tipo de carencias. Algunas de estas personas dispensan a los animales más cuidados que a sus propios semejantes, incluso a veces de su propia familia.

Algunos hasta crean instituciones para la defensa de la naturaleza animal, olvidando que es mucho más humano y coherente con nuestra naturaleza humana, crear instituciones para la defensa y protección del nacimiento y desarrollo de nuestros semejantes. Este comportamiento es fruto del desorden en la cabeza y en el corazón de algunas personas que gobiernan y legislan sin tener en cuenta la dignidad de la persona.

El desorden en los afectos suele terminar en egoísmo. Esta es otra manifestación del desorden interior, y el que más daño produce a la persona que lo padece,  por ser el mayor obstáculo para la felicidad. Estas personas suelen trastocar el orden lógico y natural de los afectos en  la criatura humana: Dios, los demás, yo. En lugar de esto, sus afectos suelen quedar encerrados en sí mismo, produciendo un sentimiento de insatisfacción y desasosiego, fruto del afán de que todo gire a su alrededor y a su antojo. Este egoísmo personal suele hacerlas muy desgraciadas. Y es que cuando no seguimos el orden establecido por Dios en la naturaleza humana, ésta siempre suele vengarse impidiendo que consigamos el fin para el que hemos sido creados: amar y ser amados. De aquí que afirme Sto. Tomás de Aquino: “El amor se parece al calor del fuego, que debe abrigar en primer lugar a los que están más cerca”.

El desorden en el gasto

No quiero terminar sin hacer una breve referencia a una manifestación del desorden interior en la persona, de rabiosa actualidad. Me refiero a nuestra crisis económica. Ya se advirtió en su momento que esta crisis se debía a otra crisis de mayor calado: crisis de valores; es decir, ausencia de virtudes en el comportamiento humano.

A nadie se le oculta, a estas alturas del problema, que esto viene producido por  el afán desordenado de vivir por encima de nuestras posibilidades. Por un consumismo desaforado que nos ha llevado a “alargar el brazo más allá de donde nos llega la manga”. Durante un tiempo hemos estado instalados en el convencimiento de que para ser felices hay que tener de todo, debe sobrar de todo, hay que saciarse de todo,... Y todo esto propiciado, alentado y jaleado desde las más altas instancias gubernamentales, fomentando en el individuo el desarrollo de las pasiones, los deseos y hasta  los propios instintos de los seres más bajos en la escala de la creación. Afanados en conseguir la sociedad del bienestar, en lugar de preocuparse por lograr el bien ser de cada individuo que es lo único que proporciona mejores bienes.

Esta experiencia tan  viva y reciente nos debería llevar, a todos, a poner los medios necesarios para establecer un plan para el desarrollo de los verdaderos valores-virtudes en las familias y en las escuelas que garanticen mejor la verdadera felicidad del ser humano y la estabilidad de la sociedad.

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