¿QUIÉN HA INVENTADO EL MATRIMONIO?

Autor: Juan Ignacio Bañares

Doctor en Derecho Canónico y Lcdo. en Filosofía y Letras

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Entrevista publicada en Fluvium

Entrevista

 

- ¿Qué es la dimensión conyugal de la persona?

La persona humana existe modalizada como persona femenina o persona masculina. Ambas son igualmente personas, pero lo son de una manera distinta. A pesar de la expresión popular que existe en castellano de «encontrar a mi media naranja», mujer y varón no son «medias naranjas»: porque una media naranja es sólo una mitad de algo; porque una media naranja es idéntica a la otra mitad; y porque una media naranja no interactúa con la otra media: aporta más de lo mismo.

En cambio esta diferenciación entre persona femenina y masculina, que está asentada en la estructura misma del ser personal, abarca a toda la persona (en lo físico, lo psíquico, lo espiritual) y supone un potencial de enriquecimiento para cada uno, que constituye la complementariedad. De ahí surge luego la posibilidad de comunicarse, de amarse y de hacer de sí un don al otro específicamente «en cuanto varón o mujer», es decir en lo conyugable.

Podríamos llamar esponsalidad al carácter o dimensión genérico de ser mujer o varón, como dimensión que empapa toda la estructura personal del ser humano, y dimensión conyugal a la posibilidad que ofrece esta complementariedad para constituirse mujer y varón en una unión en la naturaleza: el consorcio conyugal. Ahí se unen la verdad de la naturaleza, la fuerza soberana de la libertad y la grandeza de los fines.

- Según el libro, la persona estaría llevada naturalmente al matrimonio. Pero hay otras opciones de vida, como la suya, el sacerdocio. ¿Lo podría explicar?

 Diría más bien, no que «la persona está llevada naturalmente al matrimonio», sino que está estructurada naturalmente para poder contraer matrimonio: los presupuestos antropológicos están en todas las personas humanas. Sin embargo, aunque el matrimonio sea «posible» para todos, corresponde a cada uno la decisión libre de ejercer ese derecho fundamental del ciudadano y del fiel.

A su vez, la decisión de permanecer soltero puede tener muchos motivos, algunos de ellos muy dignos y de gran nobleza. Pero entiendo que, no sólo el sacerdocio, sino todo celibato apostólico ni es una forma de soltería –por muy digna que ésta pueda ser– ni es una iniciativa del sujeto: es siempre don de Dios y respuesta del hombre.

En este sentido –y siguiendo el pensamiento de Juan Pablo II–, se puede decir que en el celibato como vocación la persona –mujer o varón– se entrega totalmente a Dios, también según la estructura de su masculinidad o feminidad. Así pues, la dimensión esponsal del ser humano puede constituir la base para hacer de sí un don a Dios a través del don al otro distinto –y eso es constituir la conyugalidad, el matrimonio– o directamente a Dios, sin la mediación de una criatura.

Entiéndase bien: esto no significa minimizar el matrimonio: ¡al contrario! Significa subrayar que el matrimonio no es sólo una opción de dos, sino una voluntad de Dios a través del otro en el camino personal de santificación y de evangelización; y en la contribución a la Iglesia y a la sociedad civil.

- ¿Quién ha inventado el matrimonio?

 El matrimonio lo ha diseñado el amor de Dios, lo ofrece la realidad de la naturaleza, lo constituye la libertad de varón y mujer y lo ‘recibe y reconoce’ la sociedad, como una relación de justicia previa.

- ¿Puede la ley «entrometerse» –son sus palabras– en algo tan personal como el matrimonio?, se pregunta usted en el libro: y argumenta que sí ¿por qué?

En realidad no es que ley se «entrometa», es que el matrimonio encierra en sí unas relaciones de justicia. La conyugalidad se establece en el orden del ser –uno «es» esposo, como «es» padre, madre o hija– pero al hacer de sí mismo un don en toda la dimensión masculina o femenina, se está comprometiendo el futuro: es decir, se hace entrega no sólo del instante, sino de toda la apertura de la biografía personal.

Eso, obviamente, es consecuencia del amor, que quiere darse del todo y sin retroceso: pero a la vez es una relación de justicia. Después de «ser» esposos, las conductas conyugales y familiares son «debidas»: puesto que se ha dado el ser –en esa dimensión– en orden a unos fines, queda igualmente entregado el ‘obrar’, que es el despliegue propio del ser humano libre en su dimensión histórica, en su temporalidad.

El papel de la sociedad a través del derecho consiste en regular el ejercicio del derecho fundamental de la persona, en reconocer –de la forma adecuada– la soberanía de los contrayentes, y en proteger la verdad de la institución misma.

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