ES MENTIRA, ¿Y QUÉ?... LAS REDES SOCIALES Y LA POSVERDAD

Autor: Félix Eguskiza Uriarte

Licenciado en Filosofía y Letras – Filología Vasca.

Profesor en Munabe de Lengua y Literatura vasca en la ESO y Bachillerato.

Experiencia profesional de 31 años de docencia.

Fuente:

Sontushijos

"No creas todo lo que leas o escuches en internet..."

“No creas todo lo que leas o escuches en Internet, sólo porque haya una foto sugerente con una frase emotiva”. (Rabindranath Tagore)

Posverdad o mentira emotiva es un neologismo que describe la distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales, en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que apelaciones a las emociones y a las creencias personales. La verdad en los tiempos de la posverdad se mide en la cantidad y no en la cualidad o competencia de quien la propone o la busca.

Nos hemos acostumbrado a leer sobre ella en los artículos de opinión de todo signo e índole. Ya no nos sorprende ver incluso que analistas de la actualidad y políticos de renombre la usen y abusen de ella. Se ha puesto de moda. Me refiero, evidentemente, al término de la posverdad. Nuestros hijos, como tantos otros, no saben nada o muy poco sobre ella, pero viven sus consecuencias sin percatarse de ello. ¿Qué es la posverdad en las redes sociales?

Cuando aludo a la posverdad hago mención al discurso público o privado en el que se va más allá de la verdad. La posverdad tiene como objetivo ganarse la credibilidad, mejor dicho, la credulidad del interlocutor, y desde ahí construir “el relato”, por supuesto, mintiendo, contando parcialmente las cosas, volviendo superficial lo esencial o sencillo lo complejo. En este nuevo relato (o mentira, como prefiera llamarlo el lector) los interlocutores, nuestros jóvenes, evitan cualquier responsabilidad personal y explican sin culpa ninguna el origen de sus circunstancias.

Sobre esta cuestión tiene mucho que decir el contexto social en el que se mueven nuestros hijos o nuestros alumnos, y sobre todo, el modo en el que les llega la información y cómo la transmiten. Un fenómeno social de nuestro tiempo es que en las redes sociales el receptor se convierte a la vez en un potente difusor de información, pero con un alcance e influencia jamás sospechado.

La pregunta que debemos hacernos en este contexto es cómo se muestra la posverdad en las redes sociales. Mi tesis sobre esta influencia se articula en torno a siete parámetros:

1.- Pildorazos de información. Todos estaremos de acuerdo en que infinidad de cosas no pueden concentrase en 140 caracteres, como ocurre en Twitter, y en otras redes sociales de moda como Facebook o Instagram. Estos mensajes comprimidos hasta el límite del entendimiento se prestan a menudo a confusiones, malentendidos, visiones superficiales y, como consecuencia, a mentiras o medio verdades. Y mucho menos concentrados en un #hashtag. Lo malo de este último es que crea corrientes de opinión, oleadas de mensajes, conversaciones imposibles a una velocidad de vértigo. Muchos temas no son tratados con el sosiego necesario y la seriedad debida. Impera valorar y ensalzar la superficialidad. Lo que de verdad importa es cuántos likes emito o recibo, convirtiendo a las redes sociales en gimnasios para el narcisismo.

2. - La memecracia de las imágenes. Hoy como nunca se transmite a través de las imágenes. El mensaje preferido entre los jóvenes es el de las imágenes, con texto o sin texto, con éxito comunicativo o sin él. Estos mensajes son como destellos que causan una reacción inmediata, pero siempre, y esta es la clave del asunto, vinculada a una emoción y no a un sentimiento. Estos mensajes se convierten en virales, pasan de teléfono móvil en teléfono móvil, fácilmente manipulables, y sólo destacan una parte de la información, ocultando la otra. Algunos hablan de la generación de la memecracia (el gobierno de los mensajes virales), la exigencia de la ridiculización, la burla o la palabra fácil.

3.- La manipulación de las tendencias. Antes las encuestas de población o de otro tipo reflejaban datos, manipulables o no, pero datos a fin de cuentas. Hoy en día no es así. Los datos no están principalmente en las encuestas sino en la red, indefensos, dispuestos a ser analizados y manipulados. Los analistas de la red, “los caza tendencias”, ponen todo su conocimiento y estudio al servicio de aquello que “el común”, “la inmensa mayoría” quiere escuchar, o de lo que se ésta siente parte, o también de sus frustraciones y necesidades. Así que quien prepara el discurso siempre acierta, en muchas ocasiones cultivando la mentira, la media verdad. A fin de cuentas, la posverdad.

4.- La dictadura de los #TT (Trending Topic o temas del momento). Vivimos sumergidos en un continuo ruido social. En numerosas ocasiones nos vemos “obligados” a pasar los ojos por miles de contenidos exagerados o escandalosos sin oportunidad de réplica. Se producen miles de mensajes en torno a un #TT, dando lugar a una profusión ideológica constante y continua. Se habla mucho de lo mismo y con tendencias ideologizadas. Todos quieren ser más influyentes que el otro, siendo lo importante el número y no el contenido. Además, muchos pensando que la ciencia tiene la verdad absoluta y valiéndose de estos Trending Topic, participan consciente o inconscientemente en el linchamiento de la dimensión trascendente y religiosa del hombre.

5.- La radicalización de las redes sociales. Desde falsos y aparentes espacios plurales, determinadas redes sociales sólo viven y actúan para retroalimentarse. Si nuestros jóvenes sólo leen contenidos en la misma dirección acaban por radicalizarse, es decir, se vuelven en mayor medida de la pata de la que cojean y, al ver que otros les apoyan, pierden interés por el diálogo con quien piensa diferente.

6.- El virus de la indiferencia o el conformismo de sofá. En las redes sociales nuestros hijos pasan de un tema a otro, creyendo haber hecho algo. Firman denuncias que suelen quedarse en eso, en denuncias, pero en nada más. Y en la mayoría de las ocasiones desde el anonimato de un sofá. Como las palabras han dejado de tomarse en serio en este tipo de redes, la posterior acción a la denuncia no existe. Todo es humo, emoción inmediata sin respuesta. Ahí termina la vinculación y preocupación por el problema y empieza la del otro.

7.- Y la más importante, emotividad a raudales. La cultura visual impulsada desde YouTube también tiene mucho que decir en esta cultura de la posverdad. Vende la conferencia breve y vacía de contenido, el video fragmentado y manipulado convenientemente. Y además, los que escuchan y ven son los más estupendos del mundo. La pretensión no es buscar la verdad, si no sentirse bien, contagiar entusiasmo. El discurso buenista y carente de esencia campea por las redes sociales que consumen nuestros hijos.

Quiero concluir mi disquisición planteando al lector la siguiente pregunta para la reflexión personal: ¿Están nuestros hijos viviendo en una burbuja sustentada por la cultura de la posverdad? Queda abierta la puerta al debate verdadero.

Twitter