¿DÓNDE ESTÁN LOS HOMBRES?

Autor: María Calvo Charro

Madre de cuatro hijos; dos niñas y dos niños.

Profesora titular de la Universidad Carlos III, en el área de Derecho administrativo.

Investigadora visitante en la Universidad de Harvard (Cambridge, USA).

Profesora visitante en la Universidad de William and Mary (Williamsburg, Virginia)

Presidenta en España de la European Association Single Sex Education (EASSE)

Fuente:

Sontushijos

Violencia juvenil y crisis de masculinidad

En los últimos días, la publicación en la prensa de noticias relativas al comportamiento salvaje de unos jóvenes menores de edad en Bilbao (asesinato; robo; violación…) ha despertado la voz de alarma social sobre la educación que estamos dando a los varones.

Su actuación delictiva, inhumana, impulsiva, impropia de su edad, su falta de empatía, de compasión, de sensibilidad ante la aflicción o el miedo de los demás nos muestra la necesidad apremiante de inculcarles normas de conducta moral y herramientas de autocontrol.

Sin embargo, por su incorrección política (en una sociedad que sospecha de la masculinidad y la presume malvada y nociva para el correcto desarrollo de la persona), nadie se atreve a señalar al “Rey desnudo” para denunciar la ausencia de modelos masculinos equilibrados de conducta que les sirvan de guía a estos precoces delincuentes, tanto en la escuela, como en el hogar.

Educación feminizada

Cuando los niños llegan hoy al colegio, entran en un mundo dominado por la feminidad, dado que el porcentaje de profesores masculinos en los colegios públicos es el más bajo de los últimos 40 años (según datos recientes de la OCDE). Algunos estudios científicos establecen una relación directa entre el claro predominio actual de mujeres docentes y el mayor fracaso escolar e indisciplina que se da entre los varones.

Las profesoras siguen pautas típicamente femeninas de actuación. Este estilo docente, que por lo general funciona con las niñas, puede ocasionar perjuicios en los muchachos que precisan de otro estilo de aprendizaje. Los varones, como regla general, necesitan autoridad, disciplina, emociones fuertes, que se les planteen retos, tensión, confrontación, competición; factores que se han extirpado en general del sistema escolar, donde los colegios se inclinan por ser centros de socialización y de expresión. La pedagogía y la forma de evaluar más comunes en la escuela de hoy priorizan los puntos fuertes de las chicas, que son los flacos de los chicos. Estos van más rápidamente a lo esencial, están más a gusto en la acción, aprenden mejor si pueden moverse, manipular, atenerse a lo concreto... pero se les pide que estén tranquilamente sentados escuchando, conforme a un modo de aprendizaje más femenino. En este ambiente, muchos jóvenes se frustran, reducen su nivel de aspiraciones, piensan que estudiar es “cosa de chicas” y en ocasiones se hacen notar por medio de actitudes agresivas en las aulas.

El fracaso, el abandono escolar y la violencia en las escuelas están en la actualidad, y desde hace años, protagonizados principalmente por varones en todos los tramos educativos y van en aumento.

En la adolescencia, la presión del grupo es la influencia más fuerte que reciben los chicos y una razón por la cual muchos dejan la escuela. Aquellos quieren afirmar su autoridad y retan tanto a sus padres como a sus profesores. La ausencia de modelos positivos masculinos –en casa y en el ambiente escolar – transforma a sus iguales en el modelo a seguir. La batalla de los profesores es entonces contra el grupo de iguales y la cultura de la calle que supone no respetar a la autoridad, cualquiera que sea.

En Estados Unidos, existe una “pasarela” escuela-prisión para los muchachos en aquellos centros en los que el alumnado es mayoritariamente pobre y perteneciente a minorías. En ámbitos políticos se habla ya de este fenómeno como de una desgracia o un “Tsunami” nacional. Por ejemplo, en Detroit, 8 de cada 10 chicos afroamericanos abandonan la escuela pública. Estos jóvenes de edades entre 16 y 24 años, apenas saben leer, carecen de trabajo y uno de cada 10 acaba en prisión.

Los profesores necesitan ser formados para hacer frente a esta nueva problemática que siempre será mejor atendida por varones dado el “riesgo” que puede implicar (algunos grupos, o las denominadas “tribus urbanas” pueden llegar a ser muy agresivos y violentos). En estos casos, es bueno poder contar en la escuela con una presencia masculina adulta capaz de marcarles unas coordenadas vitales y que les sirva de ejemplo, especialmente para muchachos afectados por problemas de inadaptación social y ausencia del padre en el hogar.

Ausencia paterna y violencia juvenil

En cuanto a los padres, existe actualmente la idea, muy extendida e implantada en la sociedad, de que en la crianza y educación de los hijos la madre se basta y se sobra, que el padre es prescindible, innecesario, a veces incluso un estorbo. Esta cultura ha desacreditado la sensibilidad del padre para educar a sus hijos. Lo que el código masculino consideraba decisivo para el crecimiento de los hijos se presenta como peligroso o no apto. Existe una especie de confabulación social de apoyo a lo femenino- maternal (cuyas pautas de comportamiento, exigencias, gustos, preferencias y habilidades son consideradas prioritarias e ideales) y de presunción de ineptitud hacia lo masculino-paternal. Por lo que se presta poca atención desde instancias políticas y administrativas a la problemática de la ausencia física del padre o a su escasa implicación afectiva.

Sin embargo, como demuestran las investigaciones, existe una relación directa entre la ausencia del padre (física o psíquica) y determinados problemas sociales actuales de carácter muy grave. Los estudios muestran que el niño que crece sin padre presenta un riesgo mayor de enfermedad mental, de tener dificultades para controlar sus impulsos, de ser más vulnerable a la presión de sus pares y de tener problemas con la ley.

Entre el 6 y el 10 de agosto de 2011, muchos barrios de Londres y otras poblaciones inglesas sufrieron desórdenes generalizados, caracterizados por saqueos descontrolados y ataques incendiarios de violencia sin precedentes. Cinco personas murieron y al menos otros 16 resultaron heridos como resultado directo de los actos violentos cometidos. Las pérdidas económicas por daño a la propiedad privada alcanzaron la cifra aproximada de 200 millones de libras esterlinas, y la actividad económica local se vio afectada de modo significativo. Hasta el 15 de agosto, fueron detenidas 3.100 personas y se presentó acusación formal contra más de 1.000 de ellas. Un estudio sociológico posterior demostró que la mayoría de los detenidos eran varones jóvenes que habían crecido en ausencia física del padre o bien con una enorme distancia emocional del mismo (ausencia psíquica).

Como señaló el propio David Cameron, “¿Puede haber alguien que crea todavía que no hay relación entre la ausencia paterna y el salvajismo de los jóvenes que recorrían las calles como si fueran bestias? Si queremos tener la esperanza de arreglar nuestra sociedad rota, tenemos que empezar por la familia y por los padres. En ausencia de padre, los niños tienen más posibilidad de vivir en pobreza, abandonar la escuela y acabar en prisión. No podemos ignorar esto”.

Son muchos los estudios e investigaciones que marcan un nexo de unión directo y una fuerte asociación estadística entre ausencia paterna y violencia juvenil. La relación entre estructura familiar y delincuencia es mucho más sólida y relevante que la existente entre raza y criminalidad o pobreza y delincuencia. Las estadísticas demuestran que sólo el 13% de los delincuentes juveniles provienen de familias en las que el padre está implicado junto a la madre en la educación de los hijos.

Hace años se pensaba que los motivos de las conductas conflictivas de los chicos se encontraban principalmente en la pobreza o discriminación. Sin embargo, hoy se sabe que la ausencia de padre está en la base de la inmensa mayoría de estas actitudes asociales. Según datos recientes del censo norteamericano, más del 85% de los jóvenes varones en prisión o reformatorios provienen de familias en las que sólo estaba la madre. Un punto interesante de este estudio, es que el impacto de una madre ausente respecto de la variable criminalidad es casi nulo, lo que confirma la especificidad de la figura paterna respecto de la conducta transgresora.

Según el Dr. Muñoz Farias, los niños que crecen sin una figura paterna, sufren de inseguridad, soledad y depresión, que pueden plasmarse en fracaso escolar, consumo de drogas y vagancia. No tienen la capacidad para controlar sus impulsos y no pueden autorregularse.

Otros expertos señalan cómo sin la guía y dirección de un padre, la frustración de los muchachos les conduce a variadas formas de violencia y comportamiento asocial. Desde los ocho o nueve años, los niños sin padre buscarán en la calle su medio de vida, sus modelos, sus líderes, sus ritos iniciáticos, su identificación y su sustento. Su vida, no será una vida de familias, sino de bandas callejeras. Crecerán en el desorden, sin capacidad para integrarse en sociedad e incapaces asimismo de asumir más tarde su propia paternidad en toda su dimensión afectiva, educativa y social. El riesgo de actividad criminal en la adolescencia se duplica para varones criados sin figura paterna. Según estudios de antropología, las culturas con mayor involucración del padre en la crianza de los hijos resultaron ser las menos violentas.

Para el Dr. Anatrella, el niño que no ha experimentado el conflicto edípico -chocar con el padre y sus corolarios sociales- tiene muchas posibilidades de lanzarse en su juventud a comportamientos asociales, violentos y agresivos. Estos jóvenes no encuentran el límite a su psicología que impone la presencia de la función paterna que les ayuda a interiorizar el sentido de la ley y, en consecuencia, como no saben “cómo pertenecer”, roban, agreden y son violentos para ocupar, a la manera primitiva, un territorio: “cuando el padre está ausente, cuando los símbolos maternales dominan y el niño está solo con mujeres, se engendra violencia”.

La negación de la función paterna pone en peligro a toda la sociedad. El padre funciona como “regulador” externo de la conducta de su hijo, y le permitirá, gracias a su amorosa función, ir internalizando poco a poco esa ley, que luego pasará a ser principio autónomo de su comportamiento. El psicólogo forense Shaw Johnson, tras multitud de investigaciones, llegó a la conclusión de que no hay nadie más capacitado para frenar la agresión antisocial de un muchacho que su padre biológico. Por medio del “no” del padre el hijo se prepara para aceptar un “no” en la vida. Algunos estudios sugieren que la función paterna tiene una influencia crítica en la instauración y desarrollo de la capacidad de controlar los impulsos en general y el impulso agresivo en particular, es decir, la capacidad de autocontrol.

El padre concede al hijo un sentimiento de seguridad y de alteridad frente a la madre, le permite adquirir el sentido de los límites, marca las prohibiciones, sitúa al hijo en el lugar que le corresponde (le impone el orden de filiación frente a sus pretensiones de omnipotencia…) y le ayuda a madurar integrándose en el universo del adulto y así en la realidad. El padre impone la “ley simbólica de la familia” de tal manera que el niño, con tendencia a la tiranía, comprende que no es a él a quien compete dictar la ley sino a otra instancia exterior representada por su padre.

Desculturización de la paternidad

La gran pérdida cultural no es del padre en sí mismo, sino de la paternidad como función insustituible y esencial. Sufrimos actualmente lo que David Gutmann denomina la "desculturización de la paternidad”. El niño necesita que su padre sea la “no-madre”. La función paterna es indispensable para que el niño asuma su propia individualidad, identidad y autonomía psíquica necesaria para realizarse como sujeto. Todo ello sin olvidar que la perspectiva y la educación femenino-maternal resultan también imprescindibles para el equilibrio de los niños, ya que complementan y equilibran al hombre en el ejercicio de su paternidad.

La falta de intervención paterna no libera a la mujer, antes al contrario, da lugar a una relación opresiva y de dominación de los hijos sobre aquella. Para conseguir la verdadera emancipación de las mujeres que han sido madres es imprescindible la intervención paterna, la asunción de responsabilidad por parte de los padres que nos permita a las mujeres ¨liberarnos” de la dependencia de los hijos y asumir nuestra individualidad y autonomía, así como la de los propios hijos. Un padre afectuoso pero con autoridad, que dé cariño pero que marque límites y motive al niño hacia la superación de retos personales, será la ayuda más eficaz para la separación del varón de su madre y el correcto y equilibrado desarrollo de su esencial identidad masculina.

El papel del padre (casado, soltero, separado o divorciado) no puede ser eliminado, desvalorizado, ignorado, ni tergiversado sin consecuencias negativas graves para el hombre que lo ocupa, para el hijo que lo necesita, para la mujer que lo complementa y, en general, para la familia y la entera sociedad.

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