Son Tus Hijos | Escuela de Familias - COSTUMBRES FAMILIARES DE LA NAVIDAD

COSTUMBRES FAMILIARES DE LA NAVIDAD

Autor: Diego Alonso

Maestro de Educación Primaria

Licenciado en Filosofía y Letras (Geografía e Historia)

Padre de familia numerosa.

Profesor del Colegio Munabe Ikastetxea

Fuente:

Sontushijos

4 ideas para tener la Navidad presente en la familia.

 Un año más, la llegada de la Navidad llena nuestras ciudades de luces, gente en las calles, compras, comidas de empresa y de amigos, celebraciones… en un frenesí festivo y consumista del que, paradójicamente, se ha desterrado al auténtico protagonista: el Niño Jesús.

Su lugar ha sido ocupado por personajes como Papá Noel, Olentzero, el tío de Nadal o, en el mejor de los casos, por los Reyes Magos. Éstos, al menos, son personajes claramente evangélicos que tuvieron un papel destacado en la primera Navidad, aunque hoy en día sean presentados como meros astrónomos, mezcla entre el Mago Merlín y Harry Potter, que fueron a Belén para contemplar mejor desde allí el paso de un cometa.

No pensemos que este es un fenómeno nuevo. Ya nos dice la escritura que “vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Juan 1, 11).

Pero, ¿por qué molesta o estorba la presencia del Niño Jesús? Ciertamente, si asumo que ese niño que nace en Belén es el mismo Dios hecho hombre, mi vida ya no puede seguir igual. Es algo que me compromete. Y los hombres y las mujeres de este siglo XXI tienen miedo de que ese compromiso suponga una pérdida en su libertad.

Por eso, la llegada de este tiempo, ha de hacernos reflexionar a los cristianos de la naturaleza de estas fiestas y nos debe llevar a preguntarnos qué es lo que estamos celebrando.

La Navidad no es solo la celebración del cumpleaños de Jesús. Es decir, una mera conmemoración de un hecho histórico que ocurrió hace veinte siglos. Ese niño que nació en Belén hace dos mil años, lo hizo para encontrase aquí y ahora con cada uno de nosotros y transformarnos profundamente en esa tarea siempre inacabada que es nuestra santificación. El nacimiento de ese Niño se convierte así en un hecho atemporal, que cada año cobra un protagonismo esencial en nuestras vidas, al igual que lo tuvo para los pastores que tuvieron la dicha de visitarlo en el portal.

El adviento y la Navidad son tiempos fuertes de gracia. Para aprovecharlos, los cristianos debemos colocar al Niño Jesús en el centro de la Navidad, en las dos dimensiones, personal y apostólica, de la vida sobrenatural. En la dimensión personal, a través de la contemplación del Niño que nos lleve a estrechar nuestra identificación y unión al Corazón de Cristo; y en la dimensión apostólica (misionera), dando a conocer el anuncio del reino de Dios en nuestro entorno, que tan necesitado está de Él.

Esta segunda dimensión es más urgente si cabe, en el caso de tener hijos, nietos o sobrinos. La Navidad de nuestra infancia tenía un carácter eminentemente religioso, pero el que la tenga la de los niños actuales va a depender exclusivamente de nosotros. “El momento es apremiante” (1 cor 7, 29).

Para conseguir dar este sentido cristiano a la Navidad en nuestras familias debemos tener muy presentes cuatro ideas:

     * La Navidad es un momento tan importante que justifica una celebración extraordinaria. Pero es importante no confundir extraordinario con excesivo.

       * Esa celebración solo tiene sentido si en el centro de ella colocamos al Nino Jesús.

       * Para conseguirlo debemos apoyarnos en las costumbres familiares de la Navidad, que aunque pueden ser parecidas de una familia a otra, siempre tendrán algunas peculiaridades propias en nuestro hogar.

       * Debe ser un tiempo de alegría, de esa alegría auténtica que nace del corazón (“un santo triste es un triste santo”).

Vamos por tanto a recordar algunas de las costumbres familiares que pueden ayudarnos a mantener este sentido cristiano a la Navidad.

La primera de ellas es el belén o nacimiento. Raro es el hogar en el que no se pone un belén más o menos elaborado siendo una de las costumbres más arraigadas. Es bueno que ocupe un lugar central y que sea lo más grande y completo posible ya que su función no es meramente ornamental, sino que hay que darle uso. A través de sus escenas podemos recrear los diferentes momentos narrados en los Evangelios, sirviendo de elementos pedagógicos para ir transmitiendo a los pequeños de la casa el relato del Nacimiento de Nuestro Señor, en una auténtica catequesis. Además, durante las semanas que permanezca expuesto puede ser el lugar en el que realicemos las oraciones de la mañana y de la noche, el rezo del rosario en familia, el cántico de villancicos o la mera contemplación. Es conveniente que en su preparación y montaje participe toda la familia, y, una vez que esté terminado, podemos realizar reunidos todos un sencillo rito de bendición. En el bendicional existe un texto que nos puede ayudar en esta labor.

Además del Belén familiar podemos visitar con los pequeños los diversos belenes que se han expuesto en diferentes lugares de nuestras ciudades como parroquias, comercios e instituciones públicas o privadas.

Como complemento al belén, la presencia en nuestro hogar de una figura del Niño Jesús, también nos puede ayudar a hacer más visible su presencia en estos días, besándolo y enseñando a nuestros hijos a hacerlo. Además, en nuestra parroquia suele haber un día en el que se puede llevar la figura del Niño para que nos la bendigan.

Junto al belén y al Niño, y con el fin de remarcar el tiempo extraordinario que vivimos estas fechas, podemos decorar nuestros hogares con el árbol de navidad, con centros ornamentales o con la tradición de la corona de adviento, que nos sirve para preparar la venida del Señor, marcando los domingos que nos van aproximando a la nochebuena.

Otra de las costumbres tradicionales es la de las felicitaciones navideñas que en las últimas décadas han sufrido una doble evolución. Por un lado han ido perdiendo los motivos religiosos en favor de escenas invernales, motivos geométricos o paganos. Por otro, cada vez se mandan menos impresas en papel, mediante el correo postal, y se envían más felicitaciones virtuales de carácter digital, por email, whatsapp o mediante las redes sociales, con lo que se ha perdido la posibilidad de agruparlas en alguna mesa o estantería de nuestra casa, como ocurría en los tiempos de nuestra infancia. Tanto si optamos por el soporte tradicional como si las enviamos de modo virtual es importante que tengan un sentido religioso y que en ellas esté presente el Niño, tanto en la imagen como en el texto que la acompañe, huyendo de mensajes asépticos más propios de un anuncio de Coca Cola.

Si la Navidad es tiempo de alegría, no pueden faltar en nuestras familias los villancicos, como expresión del júbilo del enamorado. Es tiempo para escuchar villancicos y también para cantarlos. Y cantar todo lo que podamos. En la selección del repertorio es bueno que primen aquellos centrados en el Misterio del Belén, algunos de los cuales contienen letras que son auténticos tratados de teología. Además es recomendable que reflejen la universalidad de la Navidad, incorporando villancicos de las diversas lenguas y culturas del mundo.

Como manda la tradición, las grandes fiestas hay que celebrarlas en la misa y en la mesa. Y es que la cena de Nochebuena y la comida del día de Navidad suelen ser los momentos estelares de las fiestas navideñas y, como tales, eso se debe notar en nuestras mesas. Son días para vestir la mesa de un modo especial seleccionando especialmente los manteles, la vajilla y la cristalería, colocando velas y centros ornamentales… Ese carácter especial se debe notar también en el menú, que puede ser extraordinario pero sin caer en excesos. No tendría sentido que en una celebración cristiana nos gastásemos 1.200 euros en angulas o que preparemos quince platos, para que acabe la mayor parte de la comida en el cubo de la basura. Pero si se notará que el menú y los vinos que lo acompañen vayan acorde con la magnitud de la fiesta que celebramos.

En estas comidas debe primar la celebración familiar. Por tanto, son días en los que habrá que hacer un esfuerzo especial para reunirse, lo cual puede suponer renunciar a parte de nuestra comodidad, bien ofreciendo nuestra casa para que vengan los familiares o trasladándonos nosotros a las suyas. Debe reinar en todo momento el buen ambiente, por lo que evitaremos sacar temas polémicos y, en ocasiones, nos exigirá cumplir con la obra de misericordia espiritual de sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Acudamos a esas celebraciones con un auténtico espíritu de servicio, ayudando en los preparativos, alabando al cocinero o la cocinera, levantándose a lo largo de la comida para traer y llevar cosas de la cocina a la mesa o ayudando a recoger al finalizar. Es bueno que comencemos la cena o la comida con una oración y que a los postres o en la sobremesa cantemos unos villancicos. Al tratarse de una celebración familiar habrá que hablar con nuestros hijos adolescentes o mayores, estableciendo unas condiciones claras, para evitar que las salidas nocturnas corten la celebración.

Y si hemos celebrado la fiesta en la mesa también la deberemos celebrar en la misa. Una excelente costumbre es acudir a medianoche a la misa del gallo aunque también podemos hacerlo la mañana del día de Navidad. Optemos por una u otra, es un día especial para acudir a la iglesia en familia, vivir la misa de un modo más intenso y con una especial devoción, acercarnos al finalizar a besar al Niño y aprovechar para felicitar a los vecinos y amigos.

Y si las celebraciones en torno a la mesa son inseparables de la Navidad, no lo son menos los regalos. La propia Navidad es un regalo ya que conmemoramos que Dios nos ha regalado a su Hijo. Los Reyes Magos llevaron regalos al portal y, según la tradición, los pastores también. Por lo tanto, los regalos forman parte de la “magia” de la Navidad y deben enmarcarse dentro de ese carácter extraordinario que tienen estas fechas. Pero aquí, una vez más, debemos evitar el exceso. A la hora de regalar, especialmente a nuestros niños, debemos enseñar a valorar los regalos y por tanto evitar que se convierta en una competición consumista por quién tiene más regalos o quién los tiene más caros. Es decir, mantener el carácter extraordinario pero sin olvidar la importancia de la austeridad.

Por último, aunque no menos importante, la solidaridad debe estar presente en nuestras familias estos días. Son por tanto fechas para compartir la Navidad con los demás, para acompañar a los que están solos (por ejemplo, acudiendo a una residencia de ancianos a cantar villancicos), o para colaborar con las actividades de la parroquia (recogida de juguetes, de alimentos y productos navideños, venta de lotería, etc.).

En definitiva, no debemos olvidar que la Navidad es un tiempo extraordinario, en el que es importante que coloquemos al Niño Jesús en el centro de la celebración y que, para ello, lo mejor es apoyarnos en las costumbres familiares de las que hemos venido hablando.

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