ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL ACOSO ESCOLAR

Autor: Eloy Olabarri

Arquitecto.

Director del Munabe Ikastetxea

Padre de familia.

Orientado familiar.

Fuente:

Sontushijos

Hay fortalecer los canales de comunicación entre las familias.

Por encima de la gran diversidad de cuestiones en torno a las cuales gira la educación, en la opinión pública destaca hoy en día, lamentablemente, el problema del acoso escolar. En cualquier entrevista de admisión a un colegio o de información sobre un proyecto educativo, pasados unos primeros momentos de generalidades, surge la cuestión de cómo se trata el problema del bullying en el centro educativo. Esto es así porque además de todos los proyectos pedagógicos, de organización académica y de misión e ideario del colegio, en la sociedad se ha instalado la preocupación bastante habitual hoy en día de cómo están preparados los centros educativos para acometer situaciones de acoso entre los escolares. En las siguientes líneas me gustaría compartir algunas reflexiones sobre este asunto.

En primer lugar, comentar lo que encontramos en la ley. Supongo que el tratamiento legal al problema del acoso escolar estará recogido de manera similar en las diferentes leyes y decretos. En nuestra comunidad autónoma, el País Vasco, el tratamiento que se le da al procedimientos es muy acertado, a mi entender. Esto es así porque todo gira en torno a acciones concretas de maltrato entre iguales. Es decir, desde el propio decreto, se establece que lo que hay que identificar son las agresiones concretas que se hayan producido. Además, entre estas agresiones incluye las físicas, las verbales y también las de situación de aislamiento o marginación de la víctima. En el decreto, se ordena la recogida de información detallada y se clasifican las agresiones según su periodicidad. También es muy acertada la protección a la intimidad de los menores afectados, al prescribir que las entrevistas de recogida de información se deben realizar en presencia de los padres o tutores legales. En definitiva, de manera muy acertada, se establecen escenarios concretos en los que se da un desequilibrio de fuerzas entre los agresores y el agredido. Y finalmente, es un gran acierto la brevedad del plazo que se da al director del centro educativo para la emisión del informe resultado de la aplicación del protocolo. Cuando me ha tocado abrir el protocolo, todos estos puntos han sido de gran ayuda, gracias a la claridad con la que está diseñado todo el proceso. El único pero que se puede encontrar es que es fácil perder de vista que los responsables no son los fallos en el procedimiento, sino los agresores. También es un inconveniente el que durante las dos semanas que dura la aplicación del protocolo, es materialmente imposible para dirección y profesores a cargo del proceso dedicar tiempo a otras tareas, algunas de ellas importantes y urgentes, también. 

En segundo lugar, está la perspectiva del problema en la opinión pública, medios de comunicación, y diferentes organismos e instituciones. En varios foros sobre el asunto del bullying a los que he tenido oportunidad de asistir, he visto cómo la estrategia, o el objetivo, a veces único, era el de buscar culpables legales. Podríamos resumir en que hay víctimas de acoso, luego hay un mal, luego hay un culpable. Y en esta secuencia a mi entender un tanto malintencionada, se trata de que esa culpabilidad recaiga en los profesionales de la docencia, en primera instancia, y finalmente, sobre el director del colegio. En un documental sobre el bullying emitido en televisión, un abogado especialista en este tipo de casos, achacaba sin sombra de duda, toda la responsabilidad, siempre, al director del colegio. Y seguramente el director de un colegio, y el equipo directivo, tienen mucho que decir en cualquier caso de conflicto en la convivencia en su centro, pero de ahí a decir que es el responsable último del maltrato escolar, va un trecho, en mi opinión, no pequeño.

Encontramos también una opinión bastante generalizada, incluso entre profesionales especializados en la investigación y resolución este tipo de conflictos, de que la responsabilidad recae, además de en el director, en los profesores, ya que ellos son los profesionales de los que depende el ambiente de convivencia de los escolares. Simplificando mucho, se podría enunciar así: los profesores son los que cobran por educar a los alumnos, luego los profesores son los responsables de las relaciones entre los alumnos. Esta visión del problema está viciada por un gran mal que aqueja hoy a nuestras escuelas, y no es otro que la inversión, al menos parcial, de papeles entre familia y profesorado. Antes la familia educaba y la escuela instruía, mientras que ahora se exige que la escuela eduque y la familia instruya. De todo ello se deduce para las diferentes instituciones implicadas y opinión pública, la responsabilidad recae en el director del centro educativo y en los profesores. Y es cierto que en parte es así, pero no podemos olvidar que los profesionales de la docencia no pueden responder de manera única ni principal de las consecuencias, graves en esta materia, de la mala educación de los menores.

En tercer lugar, encontramos a los alumnos que sufren estas situaciones, y a sus familias. Como se mencionaba más arriba, se trata de que existe un desequilibrio de fuerzas entre agresores y agredidos. Este desequilibrio puede ser fruto de múltiples causas. Algunas de ellas son: uno o varios agresores descontrolados, presa de sus propios problemas de comportamiento, fragilidad física o psicológica de los agredidos, debida a falta de recursos para hacer frente a los agresores, inexistencia de escenarios para que haya una relación fluida entre las familias de unos y otros... En definitiva, el desequilibrio se concreta siempre en el sufrimiento infligido a una niña o niño por varios compañeros. Sin olvidar la existencia de este dolor, cabe preguntarnos, ¿es todo desequilibrio susceptible de generar responsabilidades?. Y es que parece poco realista meter en el mismo saco de acoso escolar a todos los comportamientos que generen esos desequilibrios. Por desgracia, todos tenemos la experiencia de personas que, a lo largo de nuestra vida, en la infancia, juventud o incluso en la etapa adulta, nos han herido con su comportamiento o palabras. Muchas veces, de manera reiterada. Generalmente hemos sido capaces de superar esas situaciones al utilizar mecanismos y destrezas personales de convivencia. Creo que, al olvidar esto, la publicidad que se le da al acoso entre escolares, en muchos casos, agrava la situación de desequilibrio del agredido, ya que añade una presión excesiva a los comportamientos de todos los implicados, agresores, agredidos y familias. 

Finalmente, podríamos concluir diciendo que, como se apunta en los párrafos anteriores, parece que toda la problemática del acoso escolar requiere un tratamiento más enfocado a mejorar la comunicación entre todos los miembros de la comunidad educativa. En escuelas y colegios en los que hay un ambiente de mucha confianza entre las familias y entre éstas y el colegio, es imposible que se den casos de bullying. ¿Por qué? Porque generalmente las agresiones, si es que superan las molestias, serán leves, poco más que trastadas entren niños, y se darán de manera puntual. Ello debido a que está garantizado una vigilancia tal de todos los espacios que imposibilite agresiones graves, largas y periódicas. Y esto es así porque las agresiones se producen siempre en espacios puntualmente no vigilados por un profesor o cuidador, como es el caso de vestuarios o aseos, rutas de autobús, zonas de patio poco visibles o incluso comedor. En todos estos espacios dentro del colegio, en los que no es posible una vigilancia total, ya que no es posible estar dentro de los vestuarios mientras los alumnos se cambian, ni ir de pie en el autobús durante la ruta escolar, en todo estos lugares delicados, los tiempos en los que no es posible vigilar son lo suficientemente cortos como para detectar y cortar el comienzo de una agresión. Por otro lado, muchas agresiones se dan al bajar del autobús en las paradas de destino a la vuelta y, desgraciadamente, en las redes sociales, una vez que los chicos y chicas se conectan fuera del colegio. Es ahí donde es esencial el papel de las familias.

También se suele defender que los casos de acoso son menos habituales en colegios mixtos. Se suele argumentar que la coexistencia en las aulas de chicos y chicas provoca un cierto efecto de inhibición en los agresores. Además de ser un argumento difícilmente demostrable, parece más bien que el acoso tiene diferentes mecanismos en colegios mixtos que en los diferenciados. En estos últimos el acoso quizás sea más visible, mientras que en los mixtos, puede que tenga mayor incidencia la impopularidad, la marginación y el aislamiento de alumno o la alumna acosada. 

Además, en los colegios con atención personalizada, con la figura del tutor personal, añadida a la figura habitual del tutor de aula, se facilita muchísimo la detección de las pequeñas agresiones, leves y normales, entre niños, y se facilita también muchísimo la comunicación entre familia y colegio. Por todo ello parece que más que recurrir a procedimientos que culpabilicen a los profesionales de la educación, la clave está en la responsabilidad de las familias en la educación de los hijos e hijas, y en su confianza en el colegio. Pienso que la mejor manera de atajar el bullying es fortalecer los canales de comunicación entre las familias de los alumnos, principalmente, y entre estas y el colegio.

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