LOS EMOTICONOS O EL LENGUAJE DE LO EQUÍVOCO

Autor: Félix Eguskiza Uriarte

Licenciado en Filosofía y Letras – Filología Vasca.

Profesor en Munabe de Lengua y Literatura vasca en la ESO y Bachillerato.

Experiencia profesional de 31 años de docencia.

Fuente:

Sontuhijos

"Para hacerse comprender lo primero que tienes que hacer con la gente es hablar y mirarle a los ojos" (Proverbio tibetano).

Los emoticonos se han adueñado de la comunicación en la red. Esta es una realidad que todos podemos constatar si leemos cualquier mensaje que a diario nos llega a nuestros móviles. Su registro está creciendo sin límites y los hay de todas las clases y colores para nuestro uso y disfrute. Si el asunto continúa de este modo en poco tiempo necesitaremos un vademécum de emoticonos y una colección de tutoriales en Youtube para poder interpretarlos.

Aquello que empezó siendo una simple carita con una sonrisa insustancial ha pasado a ser un ejército infinito de expresiones faciales. Y todo esto para no vernos obligados a expresar nuestras emociones con palabras. Preocupante. No está de moda, ni es worth como dicen nuestros jóvenes, exteriorizar los sentimientos con palabras y, por supuesto, aún menos con nuestro interlocutor presente. Este esfuerzo comunicativo compromete, y el compromiso hoy en día es un agravio. Hemos olvidado o no sabemos expresar las emociones con palabras. Sentimos vértigo.

Si uno analiza al detalle los mensajes atildados con emoticonos se da cuenta que el efecto conseguido es el contrario al propósito comunicativo: una carencia trepidante en nuestra competencia (palabra mencionada por todo coach que se precie) para expresar emociones con el lenguaje. Los emoticonos están usurpando al lenguaje su espacio vital. Cuando los mensajes son llevados al extremo en su dimensión por nuestros adolescentes y no tan adolescentes, se convierten en silabeos, en meros jeroglíficos egipcios. Pasan a ser meros gestos, es decir, mucho ruido y pocas palabras, reinterpretando libremente el dicho popular.

Es verdad que los mensajes han aumentado considerablemente, pero la comunicación verbal ha disminuido a cotas preocupantes e insospechadas. Por otra parte, el hecho de que el emisor a golpe de click pueda transmitir todas sus emociones añade al mensaje mismo un plus de indeterminación y, consecuentemente, también de confusión, de poca claridad y en ocasiones de malentendidos no deseados. Las palabras dicen lo que dicen, los emoticonos sugieren.

Es tal la fiebre de las caritas, que muchos mensajes son enviados y respondidos de esta manera por nuestros jóvenes, quienes se convierten así en expertos clickers de estos iconos de la modernidad comunicativa, y todo esto sin una sola palabra. Es verdad que un receptor adolescente capta rápidamente el mensaje. Sin embargo, si no lo es, se encuentra en la tesitura de cómo interpretar toda esa retahíla de iconitos uno detrás del otro. Siempre he defendido que si falla el canal comunicativo, falla también el fin mismo del mensaje.

Estamos asistiendo sin quererlo a la crisis de los símbolos (las palabras) y al triunfo de los falsos iconos (las imágenes-emoticonos). A fin de cuentas, se trata del refrán popular “una imagen vale más que mil palabras” llevado a un extremo irrisorio.

Estos garabatos comunicativos pobres de contenido quieren o intentan suplantar a las palabras bien dichas: ¡Qué pobreza, lectores! Cuando veo estos emoticonos en los mensajes, me vienen a la cabeza aquellos dibujos que hacíamos con tanto empeño y precisión en nuestros primeros cursos de Educación Primaria. Tal vez sea una vuelta a la infancia. Y es que todos los colectivos quieren tener sus propios emoticonos: profesiones, oficios, la gastronomía, los deportes, la familia, el cine, la televisión, los personajes, el tiempo libre… La lista sería interminable. Asistimos, a fin de cuentas, al nacimiento de la comunicación estrictamente emotiva, y al inicio de la defunción del lenguaje referencial.

En resumen, y esto no deja de ser una tesis personal, los emoticonos deterioran las relaciones personales, ya que el uso de tales meros símbolos enfría las relaciones, las cuales pasan a estar resumidas en unos dibujos. Además, dañan el lenguaje porque el emisor resume frases enteras y palabras que no escribe o dice. Por otra parte, estandariza sentimientos igualando a todos y no considerando el hecho diferencial en lo emotivo. Y algo que ya he señalado en las anteriores líneas, que pueden generar confusiones por falta de confianza o sintonía. Lo que de verdad ocurre es que con tanta emoción y tanto emoticono o no decimos nada o simplemente no se nos entiende. Y así nos va.

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