PERO ¿SE SIGUE ENSEÑANDO EL LATÍN?

Autor: Urko de Azumendi Beistegui

Licenciado en Geografía e historía.

Master en Educación Secundaria.

Profesor en Munabe Ikastetxea

Fuente:

Original para sontushijos

El latín "murió" por su belleza y convirtió su aprendizaje en un reto que conviene asumir.

 Que las humanidades han ido perdiendo peso en el currículo escolar es un hecho. Marchó el griego, en breve lo hará el latín de donde permanezca y le seguirá la Historia del Arte y la Filosofía a no mucho tardar. No resulta un tema que esté al cabo de la calle. Y además ante esto muchos padres comentan, ¿estudiar latín? ¡Pero si es una lengua muerta!

Las denominadas lenguas “vivas”, el español, el italiano o el francés, han evolucionado y modificado durante los últimos siglos. En cambio, el árabe clásico o el latín, no experimentan ya esa evolución; se considera que en la época de Augusto, el latín, como lengua escrita, se petrifica, consolidándose y adquiriendo la forma inalterada que presenta hoy en día. Justo cuando comienza a convertirse en lengua universal, cuando se extiende por casi todo el mundo “conocido” deja de evolucionar.

Pero ¿qué es eso de “petrificación”? y ¿por qué se da esta petrificación, que la convierte en una lengua “muerta”? Ya en su época, tanto Cicerón como el posterior Virgilio, son considerados cimas insuperables de la lengua latina. Para que pudieran ser estos autores imitados en el futuro, para servir de modelo, la lengua, el sustrato gramatical, debería volverse inmutable. Y más que una decisión consciente de una academia de la lengua, algo inexistente en aquella época, o del poder político, fue producto del inconsciente colectivo. Pero la “muerte” del latín no fue tanto por un propósito de utilidad, sino debido a la validez estética de sus cumbres artísticas.

Si hablamos de una lengua petrificada, ¿evolucionó a lo largo de su historia el latín? Pues sí, pero dicha evolución terminó llegado un punto. Cicerón en el siglo I a.C. estudió en su etapa escolar las doce tablas, el fundamento del derecho romano, que tenía entonces tres siglos de antigüedad y le costó entenderlas. El equivalente del problema que encuentra un estudiante hoy día ante el poema del mío Cid, tal como se escribió. Pero por el contrario, Séneca, un siglo después de Cicerón, o Tácito un poco más tarde con un estilo totalmente distinto al de Cicerón, escribieron en un latín con la misma gramática. En esta época los escolares no encontraban problemas con textos de un par de siglos de antigüedad. Es más, San Jerónimo, el gran traductor al latín de la Biblia, escribía a finales del siglo IV d.C. en un latín gramaticalmente exacto al de Cicerón (insisto, siglo I a.C.) Sólo el vocabulario se irá haciendo distinto debido a la irrupción del cristianismo y el progreso cultural y científico. De manera que la “muerte” de la lengua no impide la existencia y uso de dicha lengua, tan sólo su evolución.

Retomemos el tema en la enseñanza del latín. Wilfried Stroh, autoridad mundial en la materia, afirma: “Se enseña muy mal. Los profesores se centran en las declinaciones sin dejar espacio para la literatura o para la historia”. Y frente a tantos profesores que defienden el empleo y la enseñanza de un latín vehicular simple para adaptarlo a la mentalidad actual, otros propugnan con valor hablar el latín según el modelo de los autores clásicos con el máximo rigor posible. Sin dejar de lado la gramática, no hay que volcarse exclusivamente en ella. Es preciso enseñar latín con la metodología propia de cualquier lengua extranjera y no como una lengua que sólo pudiera ser traducida y estudiada como materia teórica. Es una lengua en la que aún es posible comunicarse en épocas como la nuestra. Ahí está el caso de la Iglesia católica emitiendo documentos de gran sutileza y actualidad en latín. Y en latín escribieron San Agustín, Galileo, Descartes, Newton, Leibniz o incluso Karl Marx. No es cosa tan solo de César o de Ovidio.

¿Para qué aprenderlo existiendo traducciones de los textos latinos? Primero, porque una traducción no puede sustituir perfectamente al original y menos aún una traducción de una lengua cuya estructura y sistema conceptual se diferencia mucho de nuestro español. Segundo, no existen traducciones de todos los autores importantes. Incluso de autores tan trillados como San Agustín quedan cosas por traducir. Más aún, conviene aprender latín incluso por razones utilitaristas. Está demostrado que quien estudia latín en el colegio destaca también en el resto de asignaturas y sobre todo aprende el resto de idiomas ofertados con mayor facilidad. Razones de sobra para animar a nuestros hijos a acercarse sin miedo y con provecho al aprendizaje de la lengua latina.

Como conclusión, la consideración de lengua “muerta” que pueda tener el latín nos habla de que no evoluciona, no de que no sea ni bella, ni útil para comunicarse. El hecho de que muchos grandes pensadores se hayan apoyado en ella para formular importantes avances tiene que ser un acicate, no un freno, para animar a nuestros hijos a estudiarlo. Y la manera en que se enseñan las lenguas contemporáneas debiera servir a los profesores de latín para mostrar con el máximo rigor la belleza de dicha lengua con un método actual.

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