RAICES CRISTIANAS DE EUROPA

Autor: David Corral Pérez

Licenciado en Historia.

Departamentro de Humanidades.

Profesor en Munabe Ikastetxea.

Fuente:

Original para sontushijos

Los padres fundadores de Europa tenían una visión sobre el viejo contienente no exactamente igual a la de los dirigentes actuales.

 La cuestión de la construcción europea ha vuelto a pasar de modo dramático al primer plano de la actualidad, merced al enorme impacto del Brexit. El intento de la progresiva integración de las diferentes naciones del continente supone la experiencia de construcción supranacional más fascinante de la Historia, por lo que implica no ya a nivel económico -el aspecto normalmente más tenido en cuenta cuando se habla de la Unión Europea- sino también a nivel cultural.

Las prolongadas décadas de paz que se han logrado en el Continente, algo prácticamente inédito a nivel histórico desde la Pax Romana y algún momento de la Plena Edad Media, son un éxito imborrable. No hay que olvidar que, desde la Guerra de los Cien Años en el siglo XIV y hasta 1945 el método político esencial de resolver conflictos entre naciones europeas fue, por desgracia, la guerra. Y, a nivel económico, el proyecto de unidad e integración que iniciaron Schuman, Adenauer y De Gasperi -tres grandes políticos católicos, dos de ellos en proceso de beatificación- ha ido avanzando, de forma más bien tortuosa, permitiendo que las regiones pobres se vayan igualando con las más avanzadas.

Tal es así, que quienes aspiran a crear nuevos estados independientes consideran a la vez la pertenencia a la Unión como algo irrenunciable.

Pero si nos centramos en los aspectos culturales de la construcción europea, ¿qué ha supuesto ésta realmente? ¿Existe una conciencia real de pertenecer a algo común -y no a un simple mercado común? ¿Cuál es el fundamento de la unidad europea? ¿Qué permite definir a Europa como una unidad y en consecuencia sostener un proceso de unificación política y económica?

Habitualmente –con gran empeño en la fallida propuesta de Constitución europea- se ha propuesto que aquello que nos une es la herencia clásica greco-latina y la Ilustración, estando estos dos componentes en el origen de los valores europeos. Pero, en el mundo griego y romano la dignidad suprema del hombre no estaba clara, y la Ilustración -al menos, lo mejor de ella pues no es oro todo lo que reluce- es deudora de ideas y valores previos que superaban con mucho a los del mundo antiguo. En ambos casos, como superación del mundo antiguo y como fuente de lo más elevado de las ideas modernas está, naturalmente, el cristianismo.

Pero además, desde un punto de vista histórico, Europa no se entiende sin la cultura cristiana pues si reducimos sus raíces al mundo griego y romano estaríamos dejando fuera a infinidad de pueblos "bárbaros" que se incorporaron al ámbito europeo más tarde y que fueron refinándose y abandonando sus belicosos principios a medida que se cristianizaron: hablo de los pueblos germánicos, eslavos –el alfabeto cirílico se creó para poder traducir la Biblia a sus lenguas-, escandinavos y magiares. Todos ellos dieron lugar a una primera gran unidad cultural europea que se mantuvo incólume durante varios siglos -si exceptuamos el Cisma de Oriente-, hasta la aparición de Lutero: la Cristiandad. Aquella Europa hablaba, por así decirlo, un lenguaje común y compartía unas inquietudes culturales comunes.

Fue en gran medida la conciencia de su propio valor como personas individuales -algo no tan claro en otras culturas- lo que llevó a grandes aventureros europeos a emprender audaces empresas y cruzar todos los océanos, llevando con ellos intrépidos misioneros que cristianizaron los territorios más remotos.

Reafirmando la identidad históricamente cristiana de Europa tenemos la mayor parte de su vastísimo patrimonio artístico -en todas las artes y en todas las épocas y estilos- y arquitectónico; sus legiones de santos, que tanto han inspirado a los europeos; y los símbolos de primer orden que testifican este legado: la Cruz está presente en las banderas de Inglaterra, Escocia, Irlanda del Norte, Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Malta, Georgia, Suiza, en la ikurriña... Así como en multitud de escudos nacionales. Y no podemos olvidar que las doce estrellas sobre fondo azul es un motivo tomado de la Virgen coronada del Apocalipsis, cuya imagen recoge una vidriera moderna de la Catedral de Estrasburgo.

Para que los europeos tengan clara conciencia de quiénes son, y quiénes quieren llegar a ser, primero deben conocer cuál es su identidad más profunda. No cabe duda de que el futuro de Europa pasa por reconocer sus raíces, pues un árbol sólo se sostiene si está bien enraizado. Europa -como le pedía San Juan Pablo II- haría bien en ser "ella misma".

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