LA “AVENTURA” DE LA MISA DOMINICAL

Autor: Marta Tellaeche
Ingeniero Industrial.
Lleva años dedicada al mundo de la enseñanza.
Ha desempeñado diversas funciones en el colegio Eskibel del que actualmente es directora.
Madre de familia numerosa.
Fuente:

Original para sontushijos

Las "dificultades" para asistir a la Misa en familia.

Alguien podría pensar que quien escribe este artículo es una persona que vive en un país en el que asistir a Misa los domingos supone un esfuerzo considerable y/o cierto peligro para su integridad. No es así, vivo en una ciudad en la que hay muchas iglesias y con unos horarios amplísimos para asistir a Misa. De ahí el entrecomillado de la palabra aventura.

Aventura es la primera palabra que me ha venido a la mente para describir las situaciones vividas a lo largo de mis veintidós años de matrimonio a medida que nuestra familia ha ido creciendo y evolucionando.

De recién casados, asistir a Misa era casi tan fácil como elegir con el mando a distancia desde el sofá qué cadena de televisión ver: sólo teníamos que ponernos de acuerdo mi marido y yo para elegir cuál era la mejor hora en función del plan para ese día.

Llegó nuestra primera hija, una niña tranquila y pacífica. Asistir con ella a Misa los domingos no nos supuso gran dificultad, o mejor, una dificultad añadida a convertirse en padres primerizos. Lógicamente tuvimos que adaptarnos a sus horarios de comida, pero salvados éstos, no teníamos ningún problema. La niña podía pasarse toda la Misa jugando con un libro de tela o pegando y despegando el adhesivo de un paquete de pañuelos de papel.

Después llegaron las mellizas. Aquí el tema se volvió más complicado. La falta de sincronización en las tomas de biberón hicieron que tomáramos una sabia decisión: iríamos a Misa separados; mientras una asistía, el otro se quedaría con las tres niñas. Pasados los primeros meses, cuando las mellizas comenzaron a hacer simultáneamente sus cuatro ingestas diarias de comida, decidimos hacer el primer intento de ir todos juntos a Misa: fue cruzar el umbral de la catedral del Buen Pastor y ponerse las mellizas a llorar para después empezar a gritar. Probamos con otras iglesias, no fuera que la grandiosidad de la catedral las asustara. ¡No hubo manera! Olvidé decir que las mellizas eran bastante movidas: teníamos que llevarlas con correas en la silla gemelar y a los nueve meses rompieron el eje de la misma ante la incredibilidad del fabricante. Gracias a Dios crecieron y fueron tranquilizándose y pudimos comenzar a ir a Misa todos a la vez.

Después llegaron la cuarta, el quinto y el sexto. Durante estos años mi marido y yo desarrollamos la capacidad del “hombre-orquesta”, mientras con el pie derecho movías la silla del pequeño, con la maño derecha le limpiabas los mocos a la cuarta, o cogías del suelo el zapato que se había quitado el quinto por enésima vez. Alguna vez había que improvisar un sprint para coger a uno de los niños antes de que llegara al altar. Y, por supuesto, siempre haciendo rondas de reconocimiento visual para comprobar que todos estaban en su sitio y evitar que se dieran alguna patada, empujón o pellizco que alterase la paz.

Nuestra afición a la montaña también nos ha hecho vivir pequeñas aventuras, especialmente cuando caía una nevada y teníamos que poner las cadenas al coche para asistir a Misa en un pequeño pueblo del Pirineo francés. Llegábamos los ocho, equipados para la ocasión: anorak, guantes, gorro… y compartíamos la celebración con no más de una docena de lugareños en una ceremonia íntima y cercana en la que el francés no era un obstáculo para todos nos sintiéramos parte de la celebración.

Cuando empezaron los primeros síntomas de adolescencia en las mayores, ir a Misa todos juntos tuvo sus dificultades, y digo ir, refiriéndome al trayecto que va desde nuestras casa a la iglesia en cuestión. Una de las mellizas decía: ¿no iremos todos juntos “en mogollón” por la calle a Misa, verdad? ¡Qué vergüenza! Así que les decíamos: adelantaos vosotras e id cogiendo sitio. Más tarde optaron por una Misa de jóvenes a las 20:30h; después comenzaron la universidad y dos se fueron a estudiar fuera, así que sólo vamos a Misa todos juntos en ocasiones especiales.

Sólo nos quedan los dos pequeños, que nos han salido muy futboleros; además de jugar en el equipo del colegio los sábados, los domingos tienen partidos con la escuela de fútbol a la que pertenecen. Por ello, la Misa dominical depende en estos momentos de liga de fútbol infantil y sus intempestivos e impredecibles horarios.

Nuestra última “aventura” ocurrió un domingo del pasado mes de agosto en el que decidimos ir a pasar el día a la playa de Hendaya, plan que hacemos una vez al año. Estábamos en plena Semana Grande y ese día teníamos cena familiar, por lo que había que ir a Misa por la mañana y pronto, “que luego nos coge el atasco y no hay quien aparque”. Así que madrugamos -no confesaré la hora a la que puse el despertador- y preparamos la tortilla de patatas y los filetes empanados (para un día al año que vamos a pasar el día a la playa el menú tiene que estar a la altura), la tabla de surf, el paipo, la sombrilla, dos sillas y una fabulosa red desmontable de voleyball que compramos este verano… y las 10:30h estábamos todos juntos en Misa. Mi suegra, que pasa el mes de agosto con nosotros, no daba crédito a lo que veían sus ojos.

Espero que estas aventuras hayan hecho que nuestros hijos tengan claro que lo más importante del domingo es la Misa y que es compatible con cualquier plan o circunstancia. 

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